La paradoja tecnológica – Cómo México y el mundo pueden evitar un futuro distópico

En 1900, soñábamos con trenes transatlánticos y casas que se limpiaban solas. En 1920, con ciudades alimentadas por rayos cósmicos. En 1950, coches voladores; en 1970, colonias espaciales. Esas visiones, plasmadas en revistas y novelas futuristas, prometían un mundo unificado, pero nadie anticipó el internet o los smartphones, que transformaron la vida de millones. Hoy, en 2025, enfrentamos una paradoja: la tecnología ha reducido la desigualdad global, pero amenaza con fracturarnos si empresas y gobiernos repiten errores del pasado. La sociedad no debate estos cambios; los acepta o rechaza según sus valores y temores. En México, donde la democracia titubea, esta dinámica es aún más crítica. ¿Dejaremos que la inteligencia artificial y las terapias genéticas dividan al mundo, o usaremos la astucia colectiva para forjar un futuro equitativo?

Un siglo de desigualdad y resistencia

En 1900, el mundo era un abismo de desigualdad, con un Gini global de 0.75 y la electricidad como privilegio de elites. En 1920, la Gran Guerra dejó heridas, pero la radio insinuaba conexión. Para 1950 y 1970, el Gini cayó a 0.70 y 0.65, gracias a la electrificación y cultivos de alto rendimiento. Hoy, en 2025, está en 0.60, con la pobreza extrema en un mínimo histórico (8%, según el Banco Mundial), impulsada por smartphones que conectan al 67% de la población. El sector privado, al apostar por mercados masivos, fue clave: lo que comenzó como lujo –luz, teléfonos– se volvió universal. Pero dentro de los países, la desigualdad crece: en naciones ricas, el Gini ha subido desde 0.35 en 1970 a 0.41 en 2023. Las empresas tecnológicas concentran riqueza, mientras la automatización amenaza empleos. La paradoja tecnológica persiste: une al mundo, pero divide a las sociedades.

Un futuro distópico al acecho

Hacia 2030, 2045 o 2125, el horizonte es prometedor, pero peligroso. La inteligencia artificial general (IA avanzada) podría resolver crisis globales; las terapias genéticas prometen vidas más largas; la fusión nuclear ofrece energía limpia. Pero estas maravillas son costosas y exclusivas. Un tratamiento genético hoy cuesta fortunas, inaccesible para la mayoría. La IA avanzada estará controlada por empresas tecnológicas o gobiernos ricos. Sin acción, el futuro evocará Metrópolis (1927), con una élite “mejorada” dominando a las masas. La automatización amenaza al 47% de los empleos en países desarrollados, según estudios de 2023, golpeando a los menos cualificados.

Empresas y gobiernos no son héroes confiables. Las empresas tecnológicas persiguen ganancias rápidas, como en los 1990, cuando el software era un coto de unos pocos hasta que la competencia lo abrió. Hoy, monopolizan la IA, explotan datos y amplifican la polarización, enriqueciendo a unos mientras marginan a otros. Los gobiernos, atrapados por la burocracia y los intereses de las élites, fallan en regular equitativamente: en los 1970, los subsidios al petróleo frenaron las renovables; hoy, los lobbies protegen a las tecnológicas. La sociedad, por su parte, no debate estos cambios. Los acepta –como los smartphones, que facilitan la vida– o los rechaza –como la edición genética no médica, vetada por temores éticos–. Esta reacción visceral, moldeada por valores y tradiciones, puede limitar el acceso a tecnologías si solo las elites sortean las restricciones, ampliando desigualdades.

México: Entre la distopía y la resistencia

En México, el debilitamiento democrático –con instituciones erosionadas y poder concentrado– agrava el riesgo. Si las políticas públicas fallan en distribuir tecnologías como la IA o la biotecnología, las élites urbanas se beneficiarán mientras las comunidades rurales y marginadas quedarán rezagadas, como ocurrió con la electrificación en los 1950. La resistencia social, arraigada en valores comunitarios y desconfianza hacia las autoridades, podría rechazar tecnologías percibidas como invasivas o elitistas, como implantes cerebrales o mejoras genéticas. Pero esta misma resistencia, si se canaliza con astucia, puede impulsar soluciones locales: comunidades mexicanas podrían adoptar modelos colaborativos, como el software de código abierto, para crear tecnologías accesibles que respeten su cultura, desde aplicaciones educativas hasta energías renovables comunitarias.

¿Qué cambios aceptaremos?

La sociedad no delibera; reacciona. Aceptamos tecnologías que mejoran la vida sin amenazar nuestra esencia: la electricidad, los antibióticos, el internet. Pero rechazamos lo que desafía nuestra humanidad: en 1920, la eugenesia cayó tras el nazismo; hoy, vetamos la edición de embriones por cuestiones éticas. Aceptaremos IA para salud y educación, pero no para vigilancia masiva. Abrazaremos terapias genéticas contra enfermedades, pero no para crear “superhumanos” elitistas. Los alimentos sintéticos podrían triunfar si respetan tradiciones, pero las píldoras de comida, como en 1950, seguirán siendo un sueño fallido. Estas reacciones, aunque instintivas, son una brújula para un futuro equitativo, siempre que no dejen las tecnologías en manos de unos pocos.

Un camino crítico hacia la equidad

Para escapar de la distopía, necesitamos superar los fallos de empresas y gobiernos, aprovechando la resistencia social y la innovación colaborativa:

  • Mercado con riendas: El sector privado debe crear tecnologías asequibles que respeten valores sociales, como los smartphones que conectaron aldeas. Pero sin presión, priorizará elites. La competencia y el código abierto, como el software que desafió monopolios en los 1990, son esenciales.
  • Gobiernos vigilantes: Deben regular contra los intereses corporativos, usando subsidios y licencias obligatorias, como los genéricos que salvaron vidas en los 2000. Pero la burocracia exige presión ciudadana.
  • Innovación comunitaria: Modelos colaborativos, como el software de código abierto, pueden democratizar la IA y la biotecnología con astucia y esfuerzo, sin depender de debates formales.
  • Educación para todos: Financiar formación masiva en tecnologías emergentes, como plataformas educativas digitales, para empoderar a las mayorías.
  • Respeto a la resistencia social: Diseñar tecnologías que se alineen con valores culturales –salud, comunidad, autonomía– para evitar rechazos que beneficien solo a elites.

Forjando un futuro humano

En 1900, la Gran Guerra frustró los sueños de progreso. En 1920, la Gran Depresión eclipsó las megaciudades. Hoy, la polarización y el cambio climático amenazan con un futuro distópico. Pero la historia nos enseña que la tecnología puede unirnos: el mercado abarató la electricidad; comunidades colaborativas crearon software libre; la sociedad, con sus rechazos, definió límites éticos. En México y el mundo, no necesitamos ceder a la distopía. Con empresas reguladas, gobiernos responsables y una sociedad que reacciona con valores, podemos usar la astucia colectiva para que la tecnología sea un derecho, no un privilegio. Como dijo H.G. Wells, “el futuro es una carrera entre la educación y la catástrofe”. Elijamos educarnos, resistir y construir.


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