Aciertos, Fracasos y el Ámbito Social de los Presidentes de México: Desde Díaz Ordaz hasta López Obrador

En este análisis evaluamos de manera crítica y objetiva el desempeño económico y social de los presidentes de México desde Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) hasta Andrés Manuel López Obrador (2018-2024). Los indicadores clave incluyen el crecimiento promedio del PIB, PIB per cápita, inflación, variación del tipo de cambio, coeficiente de Gini, y avances sociales en pobreza, educación, salud y seguridad. Además, comparamos el México actual con los años 60, analizamos si existe un ciclo sexenal en los resultados, y evaluamos los planes de gobierno de Claudia Sheinbaum frente a recomendaciones basadas en experiencias históricas. Cada sección presidencial ofrece un análisis profundo, y se presentan dos rankings: uno basado en indicadores económicos y sociales, y otro que incorpora la percepción pública según encuestas de aprobación, considerando posibles empates o duplas. Las fuentes se incluyen al final con vínculos.


Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970)

Díaz Ordaz gobernó durante el apogeo del Milagro Mexicano, un período de crecimiento económico sostenido impulsado por el modelo de Desarrollo Estabilizador, que combinaba proteccionismo, inversión pública y un tipo de cambio fijo. La economía creció a un impresionante 6.8% anual, uno de los mayores registros históricos, gracias a una ambiciosa inversión en infraestructura, como la expansión de la red carretera a 70,000 km, que conectó capitales estatales y fortaleció el mercado interno. El PIB per cápita aumentó un 3.4% anual, reflejando mejoras en el nivel de vida, especialmente en áreas urbanas. La inflación se mantuvo baja en 2.5%, y el tipo de cambio fijo garantizó estabilidad, atrayendo inversión extranjera y consolidando la industrialización. Este entorno favoreció el crecimiento de la clase media y posicionó a México como una economía emergente con un futuro prometedor.

Socialmente, se lograron avances significativos: la alfabetización aumentó al 83%, y el acceso a servicios básicos como agua y electricidad mejoró en las ciudades, consolidando una base para el desarrollo social. Sin embargo, los beneficios se concentraron en áreas urbanas, dejando al 60% de la población rural en pobreza, y el coeficiente de Gini (0.49) reflejó una desigualdad moderada. El mayor fracaso fue la represión del movimiento estudiantil de 1968 en Tlatelolco, que dejó decenas de muertos y marcó un punto de inflexión en la confianza hacia el gobierno. Este evento evidenció la exclusión política y social de jóvenes y campesinos, generando una percepción negativa que persiste en la memoria colectiva. Además, el modelo de sustitución de importaciones mostró signos de agotamiento, incapaz de abordar el desempleo estructural o la brecha rural-urbana. La percepción pública de Díaz Ordaz, aunque inicialmente favorable por el crecimiento económico, se deterioró tras Tlatelolco, con encuestas retrospectivas mostrando una aprobación baja (30%) debido a su autoritarismo. Su legado económico fue sólido, pero la represión y la desigualdad limitaron su impacto, dejando tensiones que explotarían en los años siguientes.

Luis Echeverría Álvarez (1970-1976)

Echeverría asumió la presidencia con la intención de corregir las desigualdades del Milagro Mexicano mediante el Desarrollo Compartido, un modelo que priorizaba el gasto público para redistribuir la riqueza. La economía creció a un sólido 5.6% anual, impulsada por inversión en infraestructura social, como hospitales y escuelas, que buscaban atender a los sectores más vulnerables. El PIB per cápita creció alrededor del 2.5%, reflejando un esfuerzo por mejorar el nivel de vida general. Socialmente, Echeverría logró avances notables: el analfabetismo se redujo del 25% al 20%, y la creación del Infonavit permitió mayor acceso a vivienda para la clase trabajadora. Estas políticas ampliaron la cobertura de servicios básicos y consolidaron la clase media emergente, mostrando un compromiso con la inclusión de sectores marginados.

Sin embargo, su gestión económica fue errática. La inflación se disparó al 15% en promedio, alcanzando un pico de 27% en 1976, erosionando el poder adquisitivo de la población. Las devaluaciones del peso rompieron con la estabilidad cambiaria de décadas anteriores, generando incertidumbre. El coeficiente de Gini (~0.50) no mostró mejoras, y la desigualdad entre regiones y clases persistió. La represión de movimientos estudiantiles, como el “Halconazo” de 1971, perpetuó las tensiones heredadas de Díaz Ordaz, dañando su imagen pública. El endeudamiento excesivo, financiado por el auge petrolero, resultó insostenible y marcó el fin del Milagro Mexicano. La percepción pública de Echeverría fue inicialmente positiva por sus intenciones sociales, con una aprobación estimada de ~40%, pero se deterioró a ~25% por la inestabilidad económica y la represión, según análisis históricos. Su ambición por la equidad fue notable, pero la falta de disciplina fiscal y los conflictos sociales frustraron sus logros, dejando a México al borde de una crisis económica.

José López Portillo (1976-1982)

López Portillo asumió en un contexto de auge petrolero, prometiendo “administrar la abundancia” gracias a los ingresos récord de Pemex. Inicialmente, la economía creció a tasas de hasta 8%, impulsada por exportaciones petroleras y la modernización de la infraestructura de Pemex, incluyendo nuevas refinerías y plataformas. Este auge atrajo inversión extranjera y generó optimismo sobre el potencial económico de México. Sin embargo, la dependencia del petróleo y el endeudamiento externo insostenible llevaron a una devastadora crisis en 1982. La inflación alcanzó el 99%, el peso sufrió una devaluación masiva, y el PIB per cápita se estancó al final del sexenio. La moratoria de pagos de la deuda externa marcó un colapso económico que deshizo los avances iniciales y sumió al país en una recesión profunda.

Socialmente, López Portillo intentó mejorar la seguridad alimentaria con el Sistema Alimentario Mexicano (SAM), pero los resultados fueron limitados y no lograron atender las necesidades estructurales del campo. La pobreza creció del 48% al 55%, y el coeficiente de Gini (0.50) reflejó una desigualdad persistente, con beneficios concentrados en elites cercanas al poder. La percepción de corrupción, alimentada por la opacidad en el manejo de los ingresos petroleros, agravó la desconfianza social. La crisis económica afectó severamente a la clase media emergente, y la falta de políticas efectivas para el campo profundizó la pobreza rural. La percepción pública de López Portillo, inicialmente alta (60% de aprobación) por el auge petrolero, colapsó a ~20% al final de su sexenio debido a la crisis, según datos históricos. Su gestión desperdició una oportunidad histórica, convirtiéndose en uno de los peores desempeños económicos y sociales, dejando a México en una posición vulnerable para la década siguiente.

Miguel de la Madrid (1982-1988)

Miguel de la Madrid heredó la crisis de 1982 y optó por un enfoque neoliberal, implementando ajustes estructurales y reduciendo el gasto público para estabilizar la economía. La adhesión al GATT en 1986 marcó la apertura comercial de México, sentando las bases para la integración global y atrayendo inversión inicial. Hacia el final de su sexenio, la inflación, que alcanzó un pico de 139.7% en 1987, comenzó a estabilizarse, y la transición a un tipo de cambio más flexible ayudó a recuperar cierta confianza entre los inversionistas. Sin embargo, el crecimiento del PIB fue prácticamente nulo, con un promedio de 0.34% anual, el más bajo desde la Gran Depresión, y el PIB per cápita se estancó, reflejando una pérdida generalizada de poder adquisitivo. La austeridad fiscal, aunque necesaria para contener la crisis, tuvo un costo social elevado, limitando la inversión en infraestructura y servicios esenciales.

Socialmente, los recortes al gasto público incrementaron la pobreza al 55% de la población, y el coeficiente de Gini (~0.50) no mostró mejoras significativas, perpetuando las brechas entre regiones y clases. El acceso a salud y educación se vio restringido, afectando especialmente a los sectores más vulnerables. La percepción de un gobierno distante y tecnocrático generó descontento generalizado, y la falta de avances sociales agravó las tensiones. La percepción pública de De la Madrid fue consistentemente baja, con encuestas de la época mostrando una aprobación promedio de ~30%, reflejando el impacto de la crisis y la austeridad. Aunque logró cierta estabilidad macroeconómica, el costo social fue elevado, y su sexenio se caracterizó por resultados pobres, con avances limitados en un contexto de restricciones económicas severas.

Carlos Salinas de Gortari (1988-1994)

Salinas asumió la presidencia con la misión de modernizar México mediante un modelo neoliberal, profundizando la apertura comercial y las privatizaciones. La economía creció a un sólido 3.98% anual, con un aumento sostenido del PIB per cápita (~2%) y una inflación reducida a un dígito, un logro significativo tras las crisis de los 80. La firma del TLCAN en 1994 integró a México al comercio global, triplicando el comercio con EE. UU. y Canadá, y atrayendo inversión extranjera. Socialmente, el programa Solidaridad mejoró la electrificación rural y redujo marginalmente la pobreza extrema, beneficiando a comunidades marginadas. Estas políticas consolidaron la estabilidad macroeconómica y sentaron las bases para el crecimiento futuro, posicionando a México como un actor competitivo en el escenario global.

Sin embargo, los errores de Salinas tuvieron consecuencias graves. La sobrevaluación del peso y la emisión de tesobonos desencadenaron la crisis de 1994, con una devaluación del 3100% que sumió al país en una recesión. El coeficiente de Gini (0.50) no mejoró, y las privatizaciones, como la de Telmex, beneficiaron a elites, alimentando percepciones de corrupción. La pobreza aumentó al 52% tras la crisis, y el levantamiento zapatista en Chiapas evidenció las tensiones en regiones marginadas. La percepción pública de Salinas fue inicialmente alta (60% de aprobación), pero colapsó a ~20% tras la crisis de 1994, según datos históricos. Su modernización económica fue transformadora, pero la crisis, la corrupción y la desigualdad limitaron su legado, dejando un balance mixto de avances económicos y retrocesos sociales.

Ernesto Zedillo (1994-2000)

Zedillo asumió la presidencia en medio de la crisis de 1994, enfrentando una economía colapsada y una desconfianza generalizada. Su gestión logró una recuperación notable, con un crecimiento promedio del PIB de 3.35%-3.5% entre 1995 y 2000, impulsado por exportaciones y el rescate financiero de EE. UU. El PIB per cápita creció modestamente (~1.5%), la inflación se mantuvo baja, y la adopción de un tipo de cambio flotante estabilizó el peso a largo plazo. La autonomía del Banco de México fue un hito que consolidó la estabilidad macroeconómica, sentando bases para los sexenios siguientes. Socialmente, la creación de Progresa (hoy Prospera) marcó un avance pionero en transferencias condicionadas, reduciendo la pobreza extrema y aumentando la cobertura educativa al 90% en primaria, consolidando avances en capital humano.

A pesar de estos logros, Zedillo no logró reducir la desigualdad estructural, con un Gini de 0.48-0.50, y la pobreza general permaneció alta. La dependencia del rescate financiero de EE. UU. limitó la soberanía económica, y el aumento del crimen organizado marcó el inicio de un problema de inseguridad que crecería en los años siguientes. Aunque Progresa fue un éxito, sus beneficios se concentraron en sectores específicos, y las regiones rurales continuaron marginadas. La percepción pública de Zedillo fue inicialmente baja (~20% en 1995), pero mejoró a ~40% al final de su sexenio por la recuperación económica y Progresa, según Oraculus. Su habilidad para manejar la crisis y establecer políticas innovadoras lo distingue, pero los problemas estructurales de desigualdad y la incipiente inseguridad limitaron su impacto, dejando un legado sólido pero incompleto.

Vicente Fox (2000-2006)

Vicente Fox, el primer presidente no priísta en décadas, asumió en un contexto de optimismo por la transición democrática, pero enfrentó choques externos como el 11-S y la crisis argentina. La economía mantuvo estabilidad macroeconómica, con un crecimiento del PIB de 1.95% anual, una inflación baja de 3.57%, y un tipo de cambio estable bajo el régimen flotante. La ampliación de tratados comerciales con América Latina, Europa y Asia fortaleció las exportaciones, aunque la dependencia de EE. UU. (80% de las exportaciones) limitó el crecimiento. Socialmente, la expansión de Oportunidades (ex-Progresa) redujo la pobreza extrema, y la cobertura educativa alcanzó el 95% en primaria, consolidando avances en capital humano. Estas políticas continuaron el enfoque de transferencias condicionadas, beneficiando a millones de familias.

Sin embargo, el crecimiento económico fue insuficiente para reducir la pobreza general, que se mantuvo en 46.8 millones de personas, y el PIB per cápita creció poco (1%). El coeficiente de Gini (0.46-0.48) mostró una mejora marginal, pero la desigualdad estructural persistió. El aumento de la inseguridad, con el inicio de la guerra contra el narcotráfico, marcó un retroceso social significativo, generando violencia en regiones clave. La percepción pública de Fox fue inicialmente alta (~65% en 2000), pero cayó a ~50% al final de su sexenio debido al crecimiento bajo y la inseguridad, según Oraculus. La falta de reformas estructurales y la incapacidad para diversificar la economía limitaron su impacto, dejando un legado de estabilidad pero sin transformaciones significativas.

Felipe Calderón (2006-2012)

Calderón asumió en un contexto de estabilidad relativa, pero enfrentó la crisis global de 2008-2009, la más severa desde la Gran Depresión. Su gestión logró una recuperación moderada tras una contracción del 6%, con un crecimiento promedio del PIB de 1.75% anual. La inflación se mantuvo controlada en 4.83%, y el tipo de cambio fue estable gracias a la autonomía del Banco de México. Socialmente, la expansión del Seguro Popular incrementó la cobertura de salud al 50% de la población, y Oportunidades continuó reduciendo la pobreza extrema, consolidando avances en bienestar. Estas políticas demostraron resiliencia en un contexto económico adverso, y la estabilidad macroeconómica permitió a México resistir mejor que otras economías emergentes.

Sin embargo, el enfoque de Calderón en la guerra contra el narcotráfico tuvo consecuencias devastadoras. La violencia se disparó, con 60,000 muertes estimadas, y la inseguridad se convirtió en un problema estructural que afectó la calidad de vida y la inversión. El PIB per cápita se estancó, y el coeficiente de Gini (~0.47-0.49) no mostró mejoras significativas. La pobreza general permaneció alta, y la dependencia de las exportaciones a EE. UU. limitó la diversificación económica. La percepción pública de Calderón comenzó en ~50% y cayó a ~40% al final de su sexenio, reflejando el impacto de la violencia, según Oraculus. Aunque manejó bien la crisis económica, su priorización de la seguridad sobre el desarrollo económico y social resultó en un balance mixto, con avances sociales opacados por una violencia sin precedentes.

Enrique Peña Nieto (2012-2018)

Peña Nieto asumió con la promesa de modernizar México a través de reformas estructurales en energía, educación y fiscalidad. La economía creció a un aceptable 2.43%-2.5% anual, con un modesto aumento del PIB per cápita (~1.5%) y una inflación estable en 4.05%. La reforma energética atrajo inversión extranjera inicial, y la apertura de los sectores de telecomunicaciones y energía fomentó competencia. Socialmente, la obligatoriedad del bachillerato y la continuidad del Seguro Popular mejoraron la cobertura educativa y de salud, beneficiando a millones de mexicanos. Estas reformas buscaban posicionar a México como una economía competitiva en el escenario global, y la estabilidad macroeconómica atrajo inversión extranjera.

Sin embargo, las reformas no cumplieron las expectativas de crecimiento del 4%, y la volatilidad del tipo de cambio, influida por factores externos como la elección de Trump y los precios del petróleo, limitó los resultados. La pobreza se mantuvo en 46.8 millones, y el Gini (0.46-0.48) no mostró avances. Escándalos de corrupción, como la Casa Blanca, y el aumento de la inseguridad, ejemplificado por el caso Ayotzinapa, erosionaron la confianza pública. La percepción pública de Peña Nieto comenzó alta (50%) pero cayó a 23% al final de su sexenio, la más baja de los últimos presidentes, según Statista. Su ambición reformista fue notable, pero la corrupción y la violencia limitaron su legado, dejando un balance de oportunidades perdidas.

Andrés Manuel López Obrador (2018-2024)

López Obrador prometió una “Cuarta Transformación” basada en austeridad, justicia social y combate a la corrupción. La economía tuvo el peor desempeño desde De la Madrid, con un PIB creciendo a 0.7%-0.9% anual, afectado por la pandemia de COVID-19 (-8.55% en 2020) y una lenta recuperación. El PIB per cápita creció apenas un 0.9% acumulado, y el déficit público alcanzó el 5.96% del PIB, el mayor desde los 80, debido a proyectos como el Tren Maya. La inflación se mantuvo en 4.83%, y el peso se apreció un 3.84%, beneficiado por remesas y el nearshoring. Socialmente, el aumento del salario mínimo (100% real) y programas como la Pensión para Adultos Mayores redujeron la pobreza extrema del 14% al 10%, y el Gini mejoró ligeramente a 0.46, según Coneval.

Sin embargo, la austeridad redujo la inversión física en un 18.98%, limitando el crecimiento y el potencial del nearshoring. El desmantelamiento del Seguro Popular afectó el acceso a la salud, y la inseguridad persistió, con 35,000 homicidios anuales promedio. La polarización social, alimentada por discursos divisivos, fracturó el país. La percepción pública de López Obrador fue excepcionalmente alta, comenzando con 76% y cerrando con 68%-77% según encuestas de Oraculus y Enkoll, lo que lo convierte en el presidente más popular desde 1994. Esta popularidad se atribuye a sus programas sociales, el aumento del salario mínimo y su discurso anti-corrupción, aunque críticos señalan retrocesos en instituciones democráticas y seguridad. Su legado es mixto: avances en equidad, pero crecimiento débil y polarización.

Planes de Claudia Sheinbaum (2024-Actualidad)

Sheinbaum asumió en octubre de 2024 con un plan que continúa las políticas de López Obrador, pero con matices para enfrentar nuevos desafíos. Económicamente, busca mantener la austeridad mientras impulsa proyectos de infraestructura como el Tren Maya y el Corredor Transístmico, aprovechando el nearshoring para atraer inversión extranjera. También planea fortalecer Pemex, pero con un tímido giro hacia energías renovables, manteniendo la estabilidad macroeconómica lograda en el sexenio anterior. Socialmente, propone ampliar programas como becas y pensiones, mejorar la seguridad mediante la Guardia Nacional, fortalecer el IMSS-Bienestar y promover la equidad de género y los derechos indígenas. Su aprobación inicial supera el 75%, según AS/COA, reflejando el impulso de la popularidad de Morena.

Las experiencias previas sugieren ajustes. La austeridad de López Obrador limitó el crecimiento al 0.9%, y Sheinbaum debería aumentar la inversión en infraestructura física y digital, como hizo Díaz Ordaz con carreteras o Salinas con el TLCAN, para maximizar el nearshoring. La dependencia del comercio con EE. UU. (80% de exportaciones) requiere diversificación mediante tratados con Asia y Europa, aprendiendo de la crisis de López Portillo por depender del petróleo. Socialmente, combinar transferencias con inversión en educación y salud de calidad, como en los casos de Zedillo (Progresa) y Fox (Oportunidades), sería más efectivo que solo ampliar programas. La inseguridad, un problema desde Calderón, exige fortalecer el estado de derecho y priorizar inteligencia sobre militarización, evitando los errores de la guerra contra el narco. Finalmente, acelerar la transición energética, emulando la apertura de Peña Nieto pero con mejor ejecución, atraería inversión verde. Los planes de Sheinbaum son prometedores, pero requieren mayor ambición y un enfoque equilibrado para superar el estancamiento y la violencia.

¿Es un Ciclo Sexenal?

No existe un ciclo sexenal estricto en el desempeño económico y social de México, pero se observan patrones recurrentes que reflejan problemas estructurales y decisiones políticas inconsistentes. Los períodos de alto crecimiento, como los de Díaz Ordaz (6.8%) y Salinas (3.98%), suelen ser seguidos por crisis severas, como las de 1982 (López Portillo) y 1994 (Salinas), desencadenadas por una combinación de errores internos, como el endeudamiento excesivo o la sobrevaluación del peso, y shocks externos, como caídas en los precios del petróleo o crisis globales. Las reformas ambiciosas de Echeverría, Salinas y Peña Nieto prometieron transformaciones profundas, pero decepcionaron debido a corrupción, mala implementación o eventos imprevistos. Socialmente, la represión de Díaz Ordaz y Echeverría, la inseguridad desde Calderón, y la polarización bajo López Obrador reaparecen como obstáculos recurrentes. La falta de continuidad en políticas exitosas, como Progresa, y la dependencia del comercio con EE. UU. perpetúan esta dinámica. Más que un ciclo fijo, México enfrenta desafíos estructurales—desigualdad, inseguridad, informalidad—que requieren políticas consistentes y visión a largo plazo para romper con estos patrones.

¿Estamos mejor que en los 60?

Comparado con los años 60 bajo Díaz Ordaz, México ha logrado avances significativos, pero enfrenta retrocesos críticos que limitan el bienestar general. En términos económicos, el PIB crecía al 6.8% anual en los 60, con un PIB per cápita que aumentaba un 3.4%, mientras que en 2024, bajo López Obrador, el crecimiento fue de solo 0.9%, con un PIB per cápita estancado (0.9% acumulado). La inflación actual (4.83%) es más alta que el 2.5% de los 60, pero el tipo de cambio flotante ofrece mayor estabilidad que el régimen fijo de entonces, que colapsó con las devaluaciones de los 70. La desigualdad, medida por el Gini, ha mejorado ligeramente de 0.49 a 0.46, y la pobreza extrema se redujo del 20% al 10%, aunque la pobreza general persiste en 46.8 millones de personas, reflejando una mejora limitada.

Socialmente, los avances son más evidentes. La alfabetización ha pasado del 83% al 95%, la cobertura de salud alcanzó el 70% (frente al 40% en los 60), y la esperanza de vida aumentó de 60 a 75 años, gracias a programas sociales como Progresa (Zedillo) y Oportunidades (Fox), así como a la globalización impulsada por Salinas. Sin embargo, la inseguridad es un retroceso grave, con 35,000 homicidios anuales en 2024 frente a eventos puntuales como Tlatelolco en los 60. El PIB per cápita actual ($10,000 USD, ajustado) es tres veces mayor que en 1968 ($3,500 USD), pero el crecimiento estancado y la violencia limitan la calidad de vida. Los avances se deben a políticas sociales sostenidas y la integración al comercio global, pero la informalidad (55% de la fuerza laboral), la dependencia de EE. UU. (80% de exportaciones) y la inseguridad frenan el progreso. México está mejor en acceso a servicios y estabilidad macroeconómica, pero el crecimiento bajo y la violencia impiden un bienestar generalizado.

Ranking Basado en Indicadores Económicos y Sociales

Este ranking evalúa el desempeño en PIB, PIB per cápita, inflación, tipo de cambio, Gini, pobreza, educación, salud y seguridad, permitiendo empates o duplas cuando los resultados son comparables:

  1. Ernesto Zedillo (1994-2000): Zedillo lidera por su habilidad para manejar la crisis de 1994, logrando una rápida recuperación (3.5% de crecimiento del PIB) y consolidando la estabilidad macroeconómica con la autonomía del Banco de México. Socialmente, Progresa fue un modelo pionero que redujo la pobreza extrema y aumentó la cobertura educativa al 90%. Sin embargo, la desigualdad (Gini ~0.48-0.50) y la incipiente inseguridad limitaron su impacto. Su equilibrio entre recuperación económica y avances sociales lo distingue como el mejor.
  2. Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970): Díaz Ordaz aprovechó el Milagro Mexicano, logrando un crecimiento del 6.8% y estabilidad con inflación baja (2.5%). La inversión en infraestructura y la mejora en alfabetización (83%) fueron avances clave. Sin embargo, la represión de Tlatelolco y la desigualdad (Gini ~0.49) opacaron su legado. Su desempeño económico sobresaliente lo coloca en segundo lugar, pero la represión social lo distingue de Zedillo.
  3. Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) y Vicente Fox (2000-2006) : Salinas modernizó la economía con el TLCAN, logrando un crecimiento de 3.98% y estabilizando la inflación, pero la crisis de 1994 y la corrupción limitaron su impacto. Socialmente, Solidaridad redujo la pobreza extrema, pero la desigualdad persistió (Gini ~0.50). Fox mantuvo estabilidad (1.95% de crecimiento, inflación 3.57%) y expandió Oportunidades, pero el crecimiento bajo y la inseguridad lo frenaron. Ambos lograron avances económicos y sociales moderados, pero con limitaciones significativas, justificando un empate.
  4. Luis Echeverría Álvarez (1970-1976): Echeverría buscó equidad con un crecimiento de 5.6% y avances como Infonavit y la reducción del analfabetismo (20%). Sin embargo, la inflación (15%-27%) y la represión frustraron sus esfuerzos. Su ambición social lo coloca por encima de los siguientes, pero su inestabilidad económica lo limita.
  5. Enrique Peña Nieto (2012-2018) y Felipe Calderón (2006-2012) : Peña Nieto impulsó reformas (2.5% de crecimiento) y mejoró la cobertura educativa y de salud, pero la corrupción y la inseguridad lo opacaron. Calderón manejó la crisis de 2008 (1.75% de crecimiento) y expandió el Seguro Popular, pero la guerra contra el narco desató violencia (60,000 muertes). Ambos lograron estabilidad económica, pero sus fracasos sociales los igualan en impacto limitado.
  6. Andrés Manuel López Obrador (2018-2024): López Obrador redujo la pobreza extrema (10%) y mejoró el salario mínimo, pero su crecimiento ínfimo (0.9%) y la polarización lo limitaron. La inseguridad persistente (35,000 homicidios anuales) y la austeridad excesiva lo colocan por debajo de otros con mejor balance económico-social.
  7. Miguel de la Madrid (1982-1988): De la Madrid estabilizó la economía tras 1982, pero el crecimiento nulo (0.34%) y el aumento de la pobreza (55%) marcaron un desempeño pobre. Su enfoque en la estabilización sacrificó el bienestar social.
  8. José López Portillo (1976-1982): López Portillo desperdició el auge petrolero, llevando a la crisis de 1982 (inflación 99%, devaluación masiva). La pobreza creció al 55%, y la corrupción agravó la desigualdad, convirtiéndolo en el peor presidente.

Ranking Basado en Percepción Pública

Incorporar la percepción pública, basada en encuestas de aprobación, cambia significativamente el ranking, ya que refleja cómo los mexicanos evaluaron a sus presidentes en su momento. Los datos provienen de fuentes como Statista, Oraculus, Enkoll y análisis históricos para presidentes anteriores a 1994, considerando la aprobación al inicio y al final de cada sexenio:

  1. Andrés Manuel López Obrador (2018-2024): AMLO lidera con una aprobación inicial de 76% y final de 68%-77%, según Oraculus y Enkoll. Su popularidad, la más alta desde 1994, se debe a programas sociales (Pensión para Adultos Mayores), el aumento del salario mínimo (100% real) y su discurso anti-corrupción. A pesar del bajo crecimiento (0.9%) y la inseguridad persistente (35,000 homicidios anuales), su carisma y conexión con las masas lo convirtieron en el presidente más querido.
  2. Vicente Fox (2000-2006): Fox comenzó con un 65% de aprobación por la transición democrática y mantuvo ~50% al final, según Oraculus. Su estabilidad y la expansión de Oportunidades fueron bien recibidas, aunque el crecimiento bajo (1.95%) y la inseguridad redujeron su apoyo. Su carisma y simbolismo democrático lo mantuvieron popular.
  3. Felipe Calderón (2006-2012): Calderón inició con ~50% de aprobación y terminó con ~40%, según Oraculus, por su manejo de la crisis de 2008 y el Seguro Popular. Sin embargo, la guerra contra el narco, con 60,000 muertes, dañó gravemente su percepción pública, colocándolo por debajo de Fox.
  4. Enrique Peña Nieto (2012-2018) y Carlos Salinas de Gortari (1988-1994): Peña Nieto comenzó con ~50% pero cayó a 23% por escándalos de corrupción (Casa Blanca) y la inseguridad (Ayotzinapa), según Statista. Salinas tuvo un pico de ~60%, pero la crisis de 1994 lo dejó en ~20%, según datos históricos. Ambos enfrentaron un colapso en su popularidad por crisis y percepciones de corrupción, justificando un empate.
  5. Ernesto Zedillo (1994-2000): Zedillo empezó con un 20% de aprobación por la crisis de 1994, pero subió a ~40% al final por la recuperación económica y Progresa, según Oraculus. Su imagen tecnocrática y el contexto inicial adverso limitaron su popularidad.
  6. Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970): Aunque no hay encuestas modernas, la percepción retrospectiva es baja (~30%) debido a Tlatelolco, según análisis históricos. A pesar del crecimiento económico (6.8%), su autoritarismo y represión marcaron negativamente su imagen.
  7. Luis Echeverría Álvarez (1970-1976): Echeverría tuvo una aprobación inicial de ~40% por sus políticas sociales, pero cayó a ~25% por la inflación (15%-27%) y la represión (Halconazo), según análisis históricos. Su ambición social fue opacada por la inestabilidad y el autoritarismo.
  8. Miguel de la Madrid (1982-1988): De la Madrid mantuvo una aprobación baja (~30%) durante su sexenio, reflejando el impacto de la crisis de 1982 y la austeridad, según datos históricos. Su enfoque tecnocrático y la falta de avances sociales lo hicieron uno de los menos populares.

El ranking basado en percepción pública eleva drásticamente a López Obrador debido a su alta aprobación (68%-77%), impulsada por su carisma, programas sociales y discurso populista, a pesar de un crecimiento económico ínfimo. Fox y Calderón también rankean más alto que en el ranking objetivo por su popularidad inicial y estabilidad, mientras que Zedillo y Díaz Ordaz caen debido a crisis y represión. Peña Nieto y Salinas sufren por la corrupción y las crisis, y De la Madrid y López Portillo rankean más bajo por el colapso económico y el descontento social. La percepción pública parece valorar el carisma, las prebendas inmediatas y el discurso demagógico por encima de los avances económicos y sociales a largo plazo, como se evidencia en el caso de AMLO frente a presidentes como Zedillo, cuyos logros estructurales fueron menos apreciados por el público.

Conclusiones Generales

México ha recorrido un camino complejo desde los años 60. En términos económicos y sociales, Ernesto Zedillo destaca por su recuperación tras la crisis de 1994 y la creación de Progresa, un modelo pionero de transferencias condicionadas, seguido por Gustavo Díaz Ordaz, cuyo crecimiento económico durante el Milagro Mexicano fue impresionante, aunque opacado por la represión de Tlatelolco. En contraste, el ranking basado en percepción pública coloca a Andrés Manuel López Obrador en la cima, con una aprobación de 68%-77%, impulsada por su carisma, programas sociales como la Pensión para Adultos Mayores y un discurso anti-corrupción que resonó con las masas, a pesar de un crecimiento económico de solo 0.9% y una inseguridad persistente. Vicente Fox y Felipe Calderón también rankean alto en percepción pública por su popularidad inicial y estabilidad, mientras que presidentes como Peña Nieto y Salinas sufren por escándalos de corrupción y crisis económicas. La desigualdad estructural (Gini ~0.46-0.50) y la inseguridad, especialmente desde Calderón, persisten como desafíos críticos.

La comparación entre los rankings revela una tendencia clara: al mexicano parece importarle más el carisma, las prebendas inmediatas, el discurso y la demagogia que los verdaderos avances sociales y económicos a largo plazo. López Obrador, con un desempeño económico débil, logró una popularidad sin precedentes gracias a su conexión emocional con la población y políticas redistributivas visibles, mientras que presidentes como Zedillo, con logros estructurales como la autonomía del Banco de México y Progresa, fueron menos apreciados por su falta de carisma y el contexto de crisis inicial. Esta preferencia por lo inmediato sobre lo estructural explica por qué presidentes con resultados económicos sólidos pero estilos menos populistas, como Díaz Ordaz o Salinas, rankean más bajo en percepción pública.

No hay un ciclo sexenal estricto, pero los patrones de auge-crisis y reformas fallidas reflejan políticas inconsistentes y problemas estructurales como la informalidad (55% de la fuerza laboral), la dependencia de EE. UU. (80% de exportaciones) y la inseguridad. Comparado con los 60, México ha mejorado en educación (alfabetización del 83% al 95%), salud (cobertura del 40% al 70%) y estabilidad macroeconómica, pero el crecimiento bajo y la violencia limitan el bienestar.

Addendum:¿Qué ruta es más probable que tome Claudia Sheinbaum?

Con una aprobación inicial del 75%, Sheinbaum hereda la popularidad de López Obrador y enfrenta la expectativa de continuar su legado populista. Es probable que priorice políticas visibles y redistributivas, como la ampliación de programas sociales (becas, pensiones) y proyectos emblemáticos (Tren Maya, Corredor Transístmico), para mantener el apoyo popular, siguiendo el modelo de AMLO que privilegia el carisma y las prebendas inmediatas. Sin embargo, su formación técnica y su discurso más pragmático sugieren un intento de equilibrar estas políticas con un enfoque en estabilidad macroeconómica y atracción de inversión extranjera vía nearshoring, aprendiendo de los errores de austeridad excesiva de López Obrador. Es probable que mantenga la militarización de la seguridad a través de la Guardia Nacional, pero podría incorporar estrategias de inteligencia para abordar la inseguridad, evitando los errores de Calderón. La transición energética, aunque mencionada, probablemente será secundaria frente a la prioridad de fortalecer Pemex, siguiendo la línea de AMLO, pero con un guiño a energías renovables para atraer inversión.

La ruta más probable es una combinación de populismo moderado y pragmatismo económico: Sheinbaum buscará mantener la base de apoyo de Morena con políticas sociales visibles, mientras impulsa un crecimiento económico más robusto (aprovechando el nearshoring) para diferenciarse de AMLO. Sin embargo, el riesgo es que, ante presiones políticas, privilegie el discurso y las prebendas sobre reformas estructurales, como diversificar exportaciones o fortalecer el estado de derecho, perpetuando los patrones de estancamiento e inseguridad. Su éxito dependerá de su capacidad para emular los logros de Zedillo (estabilidad y políticas innovadoras) mientras mantiene el carisma de AMLO, rompiendo con la tendencia mexicana de valorar la demagogia sobre el progreso a largo plazo.

Fuentes


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