Nota del autor: Este artículo inaugura nuestra serie Política Ficción. Es una obra de ficción inspirada en la crisis de Pemex. Los eventos, diálogos, personajes y decisiones son imaginarios, aunque basados en datos reales.
La lluvia golpeaba los ventanales de Palacio Nacional, un lamento que resonaba en la sala de conferencias, bañada por la luz cruda de fluorescentes que zumbaban como insectos atrapados. El aroma a café rancio y madera pulida impregnaba el aire, mientras las sombras de los murales de Diego Rivera parecían juzgar en silencio. Eran las 4:00 de la tarde del 18 de mayo de 2025, y el murmullo entre los siete reunidos era un nido de serpientes. Octavio Romero, director de Pemex, se hundía en su silla, las ojeras marcando a un hombre que había entregado su vida a un coloso moribundo. Edgar Amador, secretario de Hacienda, tamborileaba los dedos, su mente cerebral trazando números como un ajedrecista en jaque. Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, permanecía inmóvil, su rostro endurecido por años enfrentando el caos, ahora cargando la estabilidad de un país al borde del precipicio. Marcelo Ebrard, secretario de Economía, sonreía con esa carisma que ocultaba una ambición afilada. Altagracia Gómez, empresaria y miembro del Consejo Asesor Empresarial, ajustaba sus lentes, su pragmatismo suavizado por una empatía que la hacía escuchar antes de cortar. Jonathan Heath, subgobernador del Banco de México, revisaba un cuaderno, su mirada analítica desmenuzando el desastre con la frialdad de un juez. Gerardo Noroña, senador de Morena, paseaba como un lobo enjaulado, sus puños apretados mientras gruñía: “Esto es un circo.”
“No dramatices, Gerardo,” dijo Ebrard, su voz suave pero cortante, reclinándose con la calma de un tahúr. “Es una reunión para enfrentar la crisis de Pemex, no un juicio.” Noroña giró, apuntándolo con un dedo tembloroso. “¿Crees que no veo las intenciones? ¡Pemex es el corazón de México, y ustedes quieren diseccionarlo!” Rosa Icela, con un suspiro que traicionaba su cansancio, intervino: “Basta, senador. Estamos aquí para encontrar soluciones, no para pelear como gallos.” Altagracia, con una calma que desarmaba, añadió: “Pemex está en coma. Si no actuamos, se lleva al país con él.” Heath, sin alzar la vista, murmuró: “Los números no mienten. Si no hacemos algo, el peso se desploma mañana.” Romero, con la voz rota, apenas susurró: “He dado todo por Pemex… y miren este desastre.”
La puerta se abrió con un chasquido, y el silencio cayó como un martillo. Claudia Sheinbaum entró, sus gafas destellando bajo la luz áspera, su figura menuda cargada de una autoridad que helaba el aire. Sus ojos afilados recorrieron la sala, una general evaluando a sus tropas antes de una guerra. “Basta,” dijo, su voz un trueno. “Pemex nos está matando. Quiero la verdad: ¿cuánto vale, cuánto cuesta y qué hacemos? Hablen claro.” La lluvia pareció contener el aliento, y la tarde se convirtió en un tablero donde México era la apuesta final.
Un imperio en ruinas
Octavio Romero, con las manos temblando como si sostuvieran el peso del fracaso, encendió el proyector. Una cifra brilló en la pantalla, fría como un epitafio: “-90 mil millones de dólares.” Un jadeo colectivo cortó el aire, y los murales de Rivera parecieron fruncir el ceño. “Pemex no vale nada,” confesó Romero, su voz un lamento de un hombre roto. “Sus activos —refinerías, ductos, derechos para perforar— suman apenas 115 mil millones de dólares. Pero las deudas, los proveedores, las pensiones de 120,000 trabajadores… nos entierran bajo 205 mil millones. Es un imperio en ruinas.” Sus palabras resonaron con el zumbido de los fluorescentes, y Sheinbaum, con los puños apretados, preguntó: “¿Cómo caímos tan bajo?”
Jonathan Heath, preciso como un verdugo, alzó la vista. “Pemex pierde cientos de miles de millones de pesos al año. La producción de petróleo está en su nivel más bajo desde los tiempos de Carter. Dos Bocas, ese delirio de 21 mil millones de dólares, es un cascarón vacío. Las refinerías son un abismo sin fondo.” Altagracia, con un brillo de empatía en los ojos, añadió: “Y cada año, le arrojamos miles de millones para mantenerlo con vida. Es un monstruo que devora el futuro de México.” Sheinbaum, con la mandíbula tensa, disparó: “¿Cuánto nos está costando exactamente?”
Un país sin oxígeno
Edgar Amador proyectó una lámina que hizo que Noroña derramara su café, la mancha extendiéndose como una metáfora del naufragio. “Desde 2019, hemos vertido casi dos billones de pesos en subsidios,” dijo, su voz fría como el acero, sus ojos calculando cada reacción. “El año pasado, 145 mil millones de pesos en seis meses. Este año, otros 136 mil millones. Es dinero que podría salvar vidas, construir escuelas, dar esperanza a los olvidados.” La deuda de Pemex, añadió, devora una cuarta parte del presupuesto nacional, dejando al país sin oxígeno. “Y a cambio, nos da migajas, apenas el dos por ciento de lo que recaudamos.”
Sheinbaum apretó los labios, su mente metódica procesando el desastre. “¿Y si cortamos el oxígeno?” Heath respondió, su tono un filo de urgencia: “Pemex se derrumba. Las agencias de crédito lo tienen al borde del colapso. Si cae, nuestra calificación se hunde, el peso se desploma y los mercados nos devoran como buitres.” Ebrard, con una chispa de ambición en la mirada, añadió: “No es solo una empresa, presidenta. Es una bomba que puede estallar y arrastrar a México al caos.” Sheinbaum, con la mirada endurecida, soltó la pregunta que cortó el aire como un cuchillo: “¿Cuánto vale si lo vendemos?”
El alma de México en la balanza
El silencio fue un puñal, atravesando corazones. Rostros desencajados, respiraciones atrapadas. Marcelo Ebrard, con la carisma de un tahúr que siempre guarda un as, se levantó y señaló el proyector. “No podemos vender las reservas de petróleo, un tesoro de más de 400 mil millones de dólares que pertenece al pueblo, grabado en nuestra alma desde que Cárdenas lo reclamó en 1938. Pero los activos de Pemex —exploración, refinerías, distribución— valen entre 150 y 210 mil millones.” Mostró una lámina titulada “Valuación de Pemex” (ver Tabla 1). “La exploración es el corazón palpitante, genera ganancias y vale hasta 80 mil millones. La distribución apenas respira, quizás 30 mil millones. Las refinerías…” Hizo una pausa, su sonrisa torciéndose en desprecio. “No valen ni como fierro viejo. Como chatarra, nos darían 5 a 10 mil millones, y eso siendo generosos.”
Tabla 1: Valuación de Pemex (Lámina de la Presentación)
| Segmento | Rentabilidad | Valor Estimado (USD) | Notas |
|---|---|---|---|
| Exploración y Producción | Rentable (márgenes 20-30%) | 50-80 mil millones | Genera ~60 mil millones de pesos/año. Atractivo para privados. |
| Refinación | No rentable | 80-100 mil millones | Pérdidas de ~13 mil millones de pesos/año. Como chatarra: 5-10 mil millones USD. |
| Distribución/Petroquímica | Marginal (márgenes 5%) | 20-30 mil millones | Genera ~10 mil millones de pesos/año. Moderadamente atractivo. |
| Total Activos | 150-210 mil millones | Excluye reservas (~444 mil millones, propiedad del Estado). | |
| Pasivos | 140 mil millones | Deuda (97.6 mil millones), proveedores (20 mil millones), pensiones (15 mil millones), ambientales (5-15 mil millones). |
Rosa Icela, con la dureza de quien ha enfrentado crisis en las calles, añadió: “Las deudas son el veneno. 140 mil millones de dólares, incluyendo 15 mil millones en pensiones para nuestros trabajadores. Sin absorberlas, ningún comprador tocará este cadáver.” Sheinbaum, con la voz baja, casi un susurro, preguntó: “¿Y si las absorbemos? ¿Qué nos queda?” Ebrard, con un brillo de triunfo, respondió: “Vendemos todo —exploración, refinerías, distribución. Ganamos entre 150 y 210 mil millones de dólares. Los compradores asumen 20 mil millones de deudas, dejándonos 10 a 20 mil millones de dólares, unos 200 a 400 mil millones de pesos. Nosotros cargamos con 115 mil millones de dólares en deudas, unos 2.3 billones de pesos —un golpe único, frente a los 2.9 billones de pesos que gastaríamos en 20 años manteniendo los 145 mil millones de pesos anuales para Pemex.”
La traición que salva
Ebrard, con la audacia de quien ve el tablero ganado, soltó la bomba: “Vendamos todo. Es la única forma de salvar a México.” El silencio fue un grito ahogado, un latido detenido. Noroña se levantó, el rostro encendido, los puños temblando de rabia. “¡Es traición! ¡Pemex es la sangre de México, el grito de Cárdenas que nos dio dignidad en 1938! ¡Venderlo es entregarnos a los buitres del capitalismo!” Su voz resonó como un himno roto, un eco de la izquierda que una vez incendió plazas. Heath, con un gesto cortante, lo silenció: “La sangre no paga hospitales, senador. Pemex es un cadáver que nos arrastra al abismo.”
Noroña, viendo la marea en su contra, giró hacia Sheinbaum, sus ojos brillando de furia y desesperación. “¡Claudia, no hagas esto! ¡Estás traicionando a México, a la 4T, a todo lo que juraste defender!” Su voz se quebró, un hombre al borde del abismo. Sheinbaum lo miró, su rostro impasible, como una jueza viendo a un condenado a muerte. “Siéntate, Gerardo,” dijo, su voz fría pero firme. Noroña, temblando, azotó la puerta al salir, su grito resonando en el pasillo: “¡Te arrepentirás, Claudia! ¡El pueblo no olvida!” El portazo fue un trueno, y la sala quedó en un silencio sepulcral.
Rosa Icela, rompiendo su reserva, alzó la voz, su tono cargado de la urgencia de quien ha visto sangre en las calles: “Esto desatará un infierno. 120,000 familias sin trabajo. Las calles se llenarán de pancartas, bloqueos, sangre. Los precios de la gasolina se dispararán, y la inflación aplastará a los más pobres. Morena enfrentó el huachicol en 2019, pero esto será una guerra.” Amador intentó intervenir: “Podemos manejarlo con números.” Pero Rosa Icela lo cortó, su mirada afilada: “No es un cálculo, Edgar. Es un volcán que puede quemarnos a todos.” Luego, con un suspiro, añadió: “Pero podemos apagarlo. Reubicamos a los trabajadores en un nuevo programa, ‘Horizonte Energético’, con empleos en proyectos de energía limpia y mantenimiento de infraestructura petrolera, como el PRI hizo con los trabajadores de Luz y Fuerza en la CFE. Usamos las ganancias para congelar los precios de la gasolina un año. Morena sabe domar a las masas: redes, mítines, apoyos. Lo hemos hecho antes.”
Sheinbaum, con la mirada perdida en el retrato de Lázaro Cárdenas, sus ojos pintados perforándola como un juez eterno, preguntó: “¿Cómo lo hacemos?” Altagracia, con su pragmatismo templado por empatía, delineó el plan: “Doblamos la Constitución; Morena tiene los votos para reformar los artículos 27 y 28. Creamos una ley para vender todo. Contratamos a una firma internacional para auditar los libros. Abrimos una subasta con gigantes como Shell o BP, o listamos la empresa en la bolsa de Wall Street con una Oferta Pública Inicial. Hacienda vigila. Para los trabajadores, un fondo con las ganancias, para que no queden en la calle.” Heath añadió: “Absorbemos 115 mil millones de dólares en deudas, unos 2.3 billones de pesos —préstamos, proveedores, pensiones, limpiezas ambientales. Es un golpe duro, pero nos libera de los 2.9 billones de pesos que gastaríamos en 20 años con los 145 mil millones de pesos anuales que nos sangra Pemex.”
El peso de la mirada de Cárdenas
El reloj marcó las 6:00 de la tarde. La lluvia había amainado, pero una tormenta rugía en el alma de Sheinbaum. Se puso de pie, el suelo crujiendo bajo sus pasos, cada eco un clavo en el ataúd de Pemex. Su mirada se clavó en el retrato de Lázaro Cárdenas, sus ojos pintados perforándola, acusándola, suplicándole. “Hemos sangrado por este cadáver demasiado tiempo,” dijo, su voz un trueno roto, apenas conteniendo el temblor de la culpa. “No podemos seguir quemando dinero en Pemex. Vendan todo.” El silencio fue una herida abierta, un latido detenido. Nadie respiró, y los fluorescentes parpadearon como si el espíritu de 1938 llorara.
Amador, con un destello de duda, alzó la voz: “Presidenta, hay opciones. Podemos reestructurar la deuda, buscar socios estratégicos, mantener la exploración en manos del Estado…” Su voz se apagó bajo la mirada de Sheinbaum, firme como el granito. “La decisión es final,” cortó Claudia, su tono inapelable. “No más sangre para un muerto.”
Sheinbaum se alejó, los pasos resonando en el suelo de madera, cada uno un martillo forjando un México nuevo y herido. La mirada de Cárdenas la siguió, un reproche que quemaba su espalda. En su mente, las voces chocaban como espadas: Estoy traicionando a México, a Cárdenas, al grito de “el petróleo es nuestro” que nos dio dignidad. Pero otra voz, más fría, más pragmática, la anclaba: Es la única forma de salvarnos. Sin esto, no hay hospitales, no hay escuelas, no hay futuro. Su mano rozó el marco del retrato, un gesto de despedida, de súplica, de desafío. “Perdóname,” susurró, aunque sabía que Cárdenas no respondería. La puerta se cerró tras ella, y México, fracturado, quedó en penumbras, su alma vendida en una tarde que cambiaría la historia.
Fuentes:
- Pemex, Resultados 2024: https://www.pemex.com/en/press_room/press_releases/Paginas/2025_11-national.aspx
- Hacienda, Presupuesto 2024-2025: https://www.gob.mx/shcp
- IMCO, Análisis fiscal: https://imco.org.mx
- Statista, Reservas de Pemex: https://www.statista.com/statistics/543026/pemex-s-proven-hydrocarbon-reserves/
- Fitch Ratings, Pemex: https://www.fitchratings.com/research/corporate-finance/fitch-affirms-pemex-idrs-at-b-outlook-stable-16-12-2024

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