Advertencia: Esta es una obra de política ficción inspirada en eventos reales del “error de diciembre” de 1994 en México. Los personajes son históricos, pero los diálogos y ciertas escenas son invenciones dramáticas diseñadas para capturar la tensión, la ambigüedad y el peso de un momento que cambió el país. La verdad, como siempre, se pierde en las sombras del poder.
Ciudad de México, noviembre de 1994. La capital es un hervidero de rumores y miedos. El levantamiento zapatista en Chiapas y el asesinato de Luis Donaldo Colosio han fracturado la confianza en el régimen. En los mercados, el peso mexicano pende de un hilo, sostenido por la fe menguante de los inversionistas. En los salones del poder, dos hombres —Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo— libran una danza de lealtades y desconfianzas. Una decisión está por tomarse, o por evitarse, y su eco resonará por décadas.
Escena 1: El Pacto en las Sombras
19 de noviembre de 1994. Residencia privada en Los Pinos. 10:00 p.m.
El salón es un mausoleo de lujo, con lámparas de bronce que arrojan una luz ámbar sobre paredes tapizadas de caoba. Una mesa larga, cubierta de informes económicos, parece un campo de batalla. Carlos Salinas de Gortari, al borde del fin de su sexenio, preside con la intensidad de un hombre que sabe que su legado está en juego. Su rostro, surcado por líneas de cansancio, no oculta la urgencia. Frente a él, Ernesto Zedillo, el presidente electo, mantiene una calma gélida, sus manos entrelazadas sobre un portafolio que guarda los números del desastre: 1,657 millones de dólares evaporados en un solo día, reservas internacionales al borde del colapso.
A su alrededor, las figuras clave del poder económico: Pedro Aspe, el cerebro financiero del salinismo, con su aire de profesor severo; Miguel Mancera, el gobernador del Banco de México, cuya voz pausada esconde un cálculo constante; y Jaime Serra Puche, el enlace entre dos administraciones, con los ojos fijos en un futuro incierto. El aire está cargado, como si el país entero contuviera el aliento.
Salinas golpea la mesa con los nudillos, un sonido que resuena como un disparo.
—Señores, esto no es un debate académico. El peso está sobrevaluado, las reservas se desangran. Si no devaluamos ahora, el mercado lo hará por nosotros, y será un cataclismo. Ernesto, estoy dispuesto a asumir el costo. Que me crucifiquen a mí, no a tu gobierno.
Zedillo, ajustándose los anteojos, responde con una voz que parece tallada en hielo.
—Carlos, tu gesto es noble, pero no puedo empezar mi sexenio con una decisión que no controlo. Mi equipo necesita tiempo para evaluar. Una devaluación ahora podría ser un error más grande que esperar.
Pedro Aspe, con el ceño fruncido, interviene, su tono cortante como una navaja.
—Señor Presidente, devaluar ahora sería una locura. Los mercados confían en nuestra disciplina. Romper con el ajuste gradual del tipo de cambio nos hará parecer débiles. Podemos contener la fuga de capitales con más Tesobonos y tasas altas.
Miguel Mancera asiente, sus palabras medidas como un metrónomo.
—Las reservas nos dan unas semanas, aunque el margen es frágil. Si actuamos con cuidado, podemos evitar el pánico. Pero, Ernesto, el tiempo no es infinito.
Jaime Serra Puche, que ha estado garabateando en una libreta, levanta la vista, su mirada oscilando entre los dos líderes.
—Ernesto debe tomar las riendas desde el día uno. Si devaluamos ahora, parecerá que el nuevo gobierno no tiene voz. Carlos, déjanos manejar esto a nuestra manera.
Salinas clava los ojos en Zedillo, buscando una grieta en su fachada de tecnócrata.
—Ernesto, no ignores lo que te digo —insiste, su voz baja pero cargada de advertencia—. Esta economía es una bomba de tiempo. Si no actuamos, el incendio será tuyo.
Zedillo inclina la cabeza, un gesto casi imperceptible.
—Entiendo, Carlos. Pero no tomaré una decisión sin datos. Pedro, ¿puedes estabilizar los mercados hasta el 1 de diciembre?
Aspe asiente, aunque sus ojos traicionan una sombra de duda. La reunión termina con un pacto tácito: esperar. Nadie menciona que este silencio podría ser el preludio de una tragedia.
Escena 2: El Susurro de los Mercados
25 de noviembre de 1994. Un club privado en Reforma. 9:00 p.m.
En un reservado del Club de Banqueros, Jaime Serra Puche se reúne con un grupo de inversionistas extranjeros. La sala huele a tabaco caro y tensión. Los hombres, vestidos con trajes impecables, sostienen copas de whisky, pero sus rostros reflejan nerviosismo.
—Jaime, los números no mienten —dice un banquero estadounidense, señalando un informe—. El déficit de cuenta corriente está en el 8% del PIB. El peso está inflado. ¿Qué está haciendo el gobierno?
Serra, con una sonrisa forzada, intenta proyectar calma.
—Caballeros, todo está bajo control. El Banco de México está ajustando las tasas, y las reservas son suficientes. No hay planes de devaluación. México es una apuesta segura.
Un inversionista británico, con un dejo de sarcasmo, interviene.
— ¿Segura? Perdimos 500 millones esta semana. Si no hay claridad, sacaremos todo antes de diciembre.
Serra siente un nudo en el estómago. Sabe que las reservas están en 15 mil millones y cayendo. Los Tesobonos, esa deuda en dólares que prometía estabilidad, son una soga al cuello. Pero no puede mostrar debilidad.
—Confíen en nosotros —dice, levantando su copa—. México no los decepcionará.
Esa noche, mientras regresa a su casa, Serra no puede sacudirse la sensación de que está vendiendo un sueño que ya se desvanece.
Escena 3: El Peso de la Corona
1 de diciembre de 1994. Los Pinos. 10:00 p.m.
Ernesto Zedillo, recién investido como presidente, camina por los pasillos de Los Pinos. La banda presidencial parece una carga de plomo. Afuera, la ciudad bulle con rumores: los inversionistas retiran capitales a un ritmo vertiginoso, y los mercados tiemblan. En una sala de juntas, Zedillo se reúne con Serra Puche y Guillermo Ortiz, su asesor económico. Sobre la mesa, un informe del Banco de México: las reservas han caído a 12 mil millones de dólares.
Serra Puche, con ojeras que delatan noches sin dormir, habla con urgencia.
—Ernesto, no hay vuelta atrás. El peso está sobrevaluado en un 20%. Si no devaluamos, los especuladores nos destrozarán. Ya perdimos 3 mil millones en diez días.
Zedillo, mirando un gráfico que muestra la caída de las reservas, aprieta los labios.
—Jaime, esto no es solo un número. Es el país. Salinas sabía que esto venía. ¿Por qué no actuó? ¿Por qué me dejó este desastre?
Ortiz, con su tono académico, interviene.
—Porque quería que fuera tu decisión, Ernesto. Salinas protege su legado. Pero no podemos seguir postergando. Una devaluación controlada es nuestra única opción.
Zedillo se levanta, camina hacia la ventana. La noche devora la ciudad, y en su reflejo ve el peso de un sexenio que apenas comienza.
—¿Controlada? —murmura—. No hay nada controlado en esto. Si devaluamos, los mercados pueden colapsar. Si no lo hacemos, colapsamos en semanas.
Serra Puche, con un dejo de desesperación, insiste.
—Un ajuste del 15%. Podemos anunciarlo como una corrección técnica. Pero hay que hacerlo ya, antes de que los rumores se salgan de control.
Zedillo cierra los ojos, como si buscara una respuesta en la oscuridad.
—Hagámoslo —dice finalmente, su voz casi un susurro—. Pero que sea preciso. Y preparen un plan para contener la reacción. No quiero que esto sea una masacre.
Serra Puche asiente, pero en su mirada hay una sombra de fatalidad. Nadie menciona que el “control” es una quimera.
Escena 4: El Día del Caos
20 de diciembre de 1994. Secretaría de Hacienda. 5:30 a.m.
La noticia estalla como un trueno: el gobierno anuncia una devaluación del 15%. En las oficinas de Hacienda, el caos reina. Serra Puche, con el traje arrugado, intenta calmar a los inversionistas por teleconferencia.
—Señores, es una medida técnica, no hay motivo para el pánico —dice, pero su voz tiembla.
En los mercados, el pánico es un huracán. El peso se desploma, perdiendo más del 50% de su valor en horas. Las bolsas se hunden, los inversionistas venden todo, y las calles de México comienzan a llenarse de incertidumbre. En Los Pinos, Zedillo observa las noticias, su rostro pétreo.
—Esto no era lo que planeamos —dice a Ortiz, que está a su lado.
—No, señor —responde Ortiz—. Pero heredamos un castillo de arena. El mercado solo aceleró lo inevitable.
Un asesor, en un rincón, murmura:
—Salinas nos dejó un campo minado. Esto no es el error de diciembre. Es el error de seis años.
Escena 5: El Exilio y la Culpa
Enero de 1995. Nueva York. Un hotel de lujo. 7:00 p.m.
Carlos Salinas, en un exilio que huele a huida, concede una entrevista a un canal estadounidense. Su traje impecable contrasta con la furia contenida en sus ojos.
—El “error de diciembre” no fue mío —dice, su voz afilada como un cuchillo—. Estaba listo para devaluar en noviembre, pero mi equipo y el de Zedillo me convencieron de esperar. Ernesto manejó esto como novato. México paga su torpeza.
En México, las palabras de Salinas caen como gasolina en el fuego. Zedillo, en una reunión de emergencia, escucha el audio. Su mano aprieta un bolígrafo hasta que los nudillos se blanquean.
—No voy a entrar en su juego —dice a sus asesores—. Heredé una economía al borde del abismo. La historia dirá quién sembró esta crisis.
Pero en las calles, la gente no busca culpables en los matices. Los despidos, la inflación, las deudas en dólares que ahogan a las familias: todo eso es el “error de diciembre”. Y los nombres de Salinas y Zedillo se convierten en sinónimos de traición.
Escena 6: El Efecto Tequila
Febrero de 1995. Casa Blanca, Washington D.C. 9:00 a.m.
El “Efecto Tequila” se propaga como un virus. Las bolsas de Argentina, Brasil y Tailandia tiemblan. En la Casa Blanca, Bill Clinton se reúne con su equipo económico. Un mapa en la pared muestra los mercados emergentes en rojo.
—No podemos dejar que México caiga —dice Clinton, señalando un informe del Tesoro—. Si México colapsa, el resto de América Latina irá detrás.
Aprueba un rescate de 50 mil millones de dólares, con 20 mil millones de una línea de crédito estadounidense. En México, Zedillo anuncia el Acuerdo de Unidad, un plan de austeridad que promete estabilización, pero a un costo brutal: recortes, impuestos, y un pueblo que siente el cinturón apretarse más.
En un discurso televisado, Zedillo intenta proyectar esperanza.
—Superaremos esta crisis juntos —dice, pero sus palabras suenan huecas en los hogares donde la esperanza se desvanece.
Escena 7: Las Sombras del Futuro
Ciudad de México. Mayo de 2025. Un café en la Condesa. 8:00 p.m.
Tomás Aguilar, un periodista de 35 años, está sentado en una mesa de madera gastada, su laptop abierta frente a él. Su blog, Crónicas del Poder, es un refugio para los que buscan entender las cicatrices de México. Frente a él, un cuaderno lleno de notas: recortes de 1994, informes del Banco de México, y una foto en blanco y negro de Salinas y Zedillo en la toma de protesta. Su café se enfría mientras escribe el título: “El Error de Diciembre: La Decisión que Nadie Tomó.”
Tomás reflexiona, su pluma suspendida sobre el papel. Treinta años después, el “error de diciembre” sigue siendo un enigma. Salinas, el visionario que construyó un México de espejos. Zedillo, el tecnócrata que heredó los cristales rotos. ¿Quién decidió? Nadie lo sabe con certeza, y esa es la tragedia.
Escribe:
“En noviembre de 1994, Salinas ofreció devaluar, dispuesto a cargar con la culpa. Zedillo, cauteloso, pidió tiempo. El 20 de diciembre, la devaluación llegó, pero no como un ajuste, sino como un terremoto. El peso cayó, los mercados colapsaron, y México entró en una crisis que aún pagamos. Salinas culpa a Zedillo. Zedillo culpa a Salinas. Pero la verdad está en las sombras: fue un pacto roto, un silencio que costó demasiado. El ‘Efecto Tequila’ no solo sacudió a México, sino al mundo. Y en las calles, la gente no recuerda los números, sino el hambre, las deudas, la traición.”
Tomás mira la foto en su pantalla: Salinas y Zedillo, sonriendo en 1994, como si compartieran un secreto. ¿Quién mintió? ¿Quién dudó? La pregunta lo persigue.
Suspira y escribe la última línea:
“El error de diciembre no fue solo un cálculo mal hecho. Fue una danza de egos, un país atrapado entre dos hombres que creían controlar el destino. México, como siempre, pagó el precio.”
Cierra su laptop. Afuera, la Condesa brilla bajo la noche, ajena a las sombras que Tomás acaba de invocar.

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