Los Cuentos del Miedo: La soledad

Hace años, una canción de Gerardo Enciso, Cuentos del Miedo, se coló en mi cabeza. Sus imágenes de niños olvidados en las calles de Guadalajara, de vidas rotas y corazones al borde, plantaron una semilla que tardó años en madurar. Hoy, esa semilla florece en Los Cuentos del Miedo, una serie que explora los temores que nos habitan, no los que nos hacen saltar, sino los que se clavan en el alma. Comenzamos con la soledad, ese silencio que pesa más que el ruido de una ciudad. En un mundo que nos empuja a correr, a competir, a conectar sin sentir, la soledad es una sombra que todos conocemos. Acompáñame a mirar dentro de ese vacío.


Camino por la avenida, los autos rugen, las luces de los anuncios parpadean como ojos ciegos. Hay cientos de personas a mi alrededor, pero ninguna me ve. Mi celular vibra: notificaciones, memes, un mensaje de trabajo, más ruido. Cierro los ojos y solo escucho mi respiración, pesada, como si el aire se resistiera a entrar. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me preguntó cómo estoy? No cómo me va, no cuánto gané, sino cómo estoy. Me siento en una banca, miro mis manos. Son mías, pero se sienten ajenas, como si pertenecieran a alguien que ya no soy. Intento recordar la última vez que me reí de verdad, con alguien, no con una pantalla. Nada. El aire está denso, me empuja hacia abajo, como si quisiera enterrarme.

Paso frente a un café lleno de gente. Ríen, hablan, chocan tazas. Me detengo, pero no entro. ¿Qué diría? ¿Quién me invitaría a sentarme? Sigo caminando, mis pasos suenan huecos contra la banqueta. La ciudad es un río que fluye sin mí. En mi departamento, las paredes están vacías. Enciendo la tele, pero las voces son un zumbido. Intento escribir un mensaje: “Oye, ¿cómo estás?”. Mis dedos se detienen. ¿A quién le importa? Borro las palabras. Me miro en el espejo, y mi reflejo me devuelve una mirada que no entiendo. ¿Dónde estoy? A veces pienso que si desapareciera, nadie lo notaría. El mundo seguiría: los autos, las luces, las risas. Pero yo no. Me acuesto, el techo me observa. ¿Es esto todo? Trabajo, corro, pago cuentas, pero al final del día estoy solo, con el eco de mi propia voz. Intento dormir, pero el silencio grita. ¿Qué hice mal? ¿Por qué no hay nadie?


(La soledad no es solo estar físicamente solo; es sentirse desconectado, invisible, incluso en una multitud. Psicólogos como John Cacioppo han estudiado cómo afecta el cuerpo y la mente: eleva el cortisol, debilita el sistema inmunológico y puede sumirnos en ansiedad o depresión. Es una alarma que pide conexión humana, pero en un mundo donde las relaciones se miden en likes, esa conexión es esquiva. La economía moderna nos aísla: la urbanización nos amontona en ciudades sin vínculos, y la precariedad laboral —con empleos informales o gig— nos roba tiempo para conectar. En México, el 40% de los hogares urbanos son unipersonales, según el INEGI. La pandemia lo empeoró: el aislamiento físico se mezcló con la incertidumbre económica. En contextos de desigualdad, la soledad golpea más duro a los marginados: migrantes, trabajadoras domésticas, comunidades desplazadas.)


Me levanto, camino al balcón. La ciudad brilla, pero no para mí. Pienso en llamar a alguien, pero mi teléfono está lleno de contactos que no contesto, de nombres que ya no significan nada. ¿Cuándo dejé de intentarlo? La calle está viva, pero yo estoy quieto, atrapado en este silencio que no explica nada. A veces imagino que alguien toca la puerta, que alguien dice mi nombre. Pero no pasa. El viento sopla, y por un segundo creo que me habla. Pero es solo aire. Me siento en el suelo, cierro los ojos. Si grito, ¿alguien me oirá? Si me quedo callado, ¿desapareceré?


Piensa en un momento en que te sentiste solo, aunque estuvieras rodeado de gente. ¿Qué te hizo sentir así? Tal vez una conversación que nunca ocurrió, un mensaje que no llegó, o el peso de un día que nadie notó. La soledad no es un defecto; es una señal de que necesitas conexión, pero el mundo no siempre lo hace fácil. Intenta esto: escribe una carta a alguien que extrañas, aunque no la envíes. O pasa cinco minutos escuchando de verdad a alguien, sin pantallas. Pregúntate: ¿qué me impide conectar? ¿Es el tiempo, el miedo, el sistema en el que vivo? La soledad no se cura con ruido, sino con presencia.

La soledad es un cuarto sin puertas, pero no estás atrapado. Cada paso que das, cada palabra que compartes, es un hilo que teje conexión. El mundo es ruidoso, pero en el silencio hay espacio para encontrarte, para encontrar a otros. No eres invisible. Alguien, en algún lugar, espera tu voz.


Descubre más desde Chidonomics

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comments

Deja un comentario