¿Qué es el algoritmo?

Cuando decimos «el algoritmo» en 2025, no hablamos solo de un conjunto de instrucciones matemáticas, sino de sistemas complejos impulsados por inteligencia artificial (IA), big data y machine learning. Estos algoritmos procesan cantidades masivas de datos —desde tus clics en TikTok hasta tu historial de compras— para predecir comportamientos, personalizar experiencias y automatizar decisiones. Por ejemplo, el algoritmo de YouTube cura un feed infinito de videos según tus interacciones, mientras que los algoritmos de trading en Wall Street ejecutan operaciones en milisegundos. Son sistemas que aprenden, se adaptan y operan con una autonomía que los hace parecer casi conscientes.

«El algoritmo» es hoy una fuerza omnipresente que decide qué ves, qué compras, quién te contrata e incluso cómo percibes la realidad. Su poder radica en su capacidad para analizar datos a escala y en su opacidad: los usuarios rara vez entienden cómo o por qué un algoritmo toma decisiones. Esta combinación de sofisticación y falta de transparencia convierte a los algoritmos en arquitectos de nuestra vida digital, moldeando nuestras elecciones de formas que apenas comprendemos.

Cómo los algoritmos dominan nuestras vidas

Los algoritmos comenzaron a moldear nuestras vidas con la masificación de internet en los años 90, pero su dominio se consolidó con los smartphones y las redes sociales desde 2007. Desde el lanzamiento del iPhone y la expansión de plataformas como Facebook, Instagram y TikTok, los algoritmos han pasado de ser herramientas útiles a dictadores de nuestra atención, decisiones y cultura, impulsados por un modelo económico que prioriza la publicidad.

El control de la atención

Plataformas como TikTok y X usan algoritmos para analizar miles de datos por usuario —tiempo en pantalla, likes, comentarios— y curar contenido personalizado que maximiza el engagement. Este diseño adictivo está financiado por publicidad: en 2024, los ingresos globales por publicidad digital alcanzaron los 700 mil millones de dólares, según Statista, con Google y Meta capturando la mayor parte. Los algoritmos están programados para mantenernos conectados, ya que más tiempo en pantalla significa más anuncios vistos. Esta dinámica recuerda a la “payola” de la radio en el siglo XX, pero ahora es digital: los algoritmos deciden qué contenido se amplifica, y las empresas pagan por prioridad, a menudo de forma opaca.

Decisiones automatizadas

Los algoritmos influyen en decisiones críticas. En el ámbito laboral, herramientas como HireVue evalúan candidatos analizando tono de voz y expresiones faciales. En la justicia, algoritmos como COMPAS predicen la reincidencia de acusados, afectando sentencias. En la vida personal, apps como Tinder seleccionan parejas. Estas decisiones, aunque eficientes, son opacas, dejando a los usuarios sin control sobre procesos que los afectan profundamente.

Vigilancia y la ilusión de “nos escuchan”

Un fenómeno inquietante es cuando mencionas un tema en una conversación —como un viaje o un producto— y, sin haberlo buscado, aparece un anuncio relacionado. Esto no implica que tu celular “te escuche” literalmente, sino que los algoritmos recolectan datos de múltiples fuentes: micrófonos activados por comandos como “Siri”, historiales de búsqueda, interacciones en apps e incluso datos de contactos cercanos. Por ejemplo, si un amigo busca “zapatos deportivos” y tú hablas de ellos, el algoritmo puede inferir tu interés. Empresas como Meta aseguran no grabar conversaciones directamente, pero la recolección masiva de datos permite predicciones tan precisas que parecen invasivas.

Privacidad y términos de servicio

¿Es esto una violación a la privacidad? Técnicamente, los usuarios consienten al aceptar los términos de servicio, pero estos acuerdos son largos, confusos y rara vez leídos. El episodio de South Park “201” (temporada 14, episodio 6, 2010) satirizó esta realidad, mostrando a personajes atrapados en un contrato con Apple tras aceptar términos sin leerlos, lo que los lleva a consecuencias absurdas. Ver clip en YouTube. La falta de regulación clara permite que estas prácticas persistan, alimentando un sistema donde los datos son la moneda de cambio.

Manipulación algorítmica: El caso Cambridge Analytica

Los algoritmos no solo predicen, sino que pueden ser manipulados para fines específicos. El escándalo de Cambridge Analytica en 2018 reveló cómo una consultora usó datos de millones de usuarios de Facebook, recolectados sin consentimiento claro, para crear perfiles psicológicos y enviar anuncios políticos personalizados durante las elecciones de 2016 en EE.UU. y el referéndum del Brexit. Al explotar la segmentación algorítmica, Cambridge Analytica influyó en el comportamiento de los votantes, demostrando el potencial de los algoritmos para manipular procesos democráticos. Las consecuencias incluyeron una multa de 5 mil millones de dólares para Facebook, mayor escrutinio regulatorio y una erosión significativa de la confianza pública en las plataformas digitales.

Cultura y creatividad

Los algoritmos moldean la cultura al priorizar contenido viral. En Spotify, deciden qué canciones llegan a las listas de reproducción, afectando la visibilidad de artistas. En X, amplifican memes y tendencias emocionales, definiendo la cultura digital. Esta curación puede limitar la diversidad creativa, ya que los creadores se adaptan a lo que “funciona” en el algoritmo, creando un ciclo de homogeneización.

Dependencia psicológica

La retroalimentación de likes y notificaciones, orquestada por algoritmos, crea dependencia psicológica. Un estudio de Harvard de 2021 vinculó el uso intensivo de redes sociales con ansiedad en adolescentes. Al priorizar contenido emocionalmente cargado, los algoritmos exacerban la polarización, dividiendo a las comunidades en cámaras de eco.

Bots y el tráfico de internet

Los algoritmos no solo interactúan con humanos, sino con otros algoritmos. En 2024, Cloudflare estimó que más del 40% del tráfico de internet es generado por bots —algoritmos automatizados que realizan tareas como publicidad programática o difusión de contenido. Estos bots amplifican tendencias en X, influyen en mercados digitales y, en algunos casos, propagan desinformación, mostrando cómo los algoritmos operan en un ecosistema autónomo que refuerza su dominio.

Implicaciones sociales de los algoritmos

Los algoritmos han transformado la sociedad, pero sus efectos son un arma de doble filo. Uno de los mayores desafíos es la polarización. Al priorizar contenido que genera clics, los algoritmos amplifican mensajes sensacionalistas o divisivos. Un estudio de MIT de 2018 encontró que las noticias falsas se propagan seis veces más rápido que las veraces en plataformas como X, erosionando la confianza en los medios y complicando el consenso social. Esta dinámica ha alimentado conflictos ideológicos, desde debates sobre cambio climático hasta elecciones, donde las cámaras de eco refuerzan creencias preexistentes, dificultando el diálogo constructivo.

Otro problema crítico es el sesgo algorítmico. Los algoritmos reflejan los datos con los que son entrenados, que a menudo contienen prejuicios históricos. En 2016, ProPublica reveló que el algoritmo COMPAS clasificaba a personas afroamericanas como de “alto riesgo” con mayor frecuencia que a personas blancas, incluso con antecedentes similares, perpetuando desigualdades en la justicia penal. En el ámbito laboral, algoritmos de contratación, como uno usado por Amazon hasta 2018, penalizaban currículums con términos asociados a mujeres, reflejando datos de industrias domin dominadas por hombres. Estos sesgos no solo refuerzan desigualdades, sino que cuestionan la equidad de delegar decisiones a máquinas.

La pérdida de agencia humana es otro impacto significativo. Al depender de algoritmos para decisiones cotidianas —desde qué ruta tomar en Google Maps hasta qué trabajos se nos ofrecen— los individuos ceden control. Los conductores de Uber, por ejemplo, están a merced de algoritmos que asignan viajes y fijan tarifas, sin posibilidad de negociar. Esta deshumanización genera alienación y una sensación de impotencia frente a sistemas opacos, lo que plantea preguntas sobre cuánto poder deberíamos ceder a la tecnología.

Implicaciones económicas de los algoritmos

Económicamente, los algoritmos han revolucionado industrias, pero también han creado desafíos estructurales. La automatización, impulsada por algoritmos, ha optimizado sectores como la manufactura y la logística. En almacenes de Amazon, algoritmos coordinan robots y trabajadores para maximizar la eficiencia. Sin embargo, esto ha desplazado empleos de baja y media cualificación. Un informe de la OCDE de 2023 estima que el 14% de los empleos en países desarrollados están en alto riesgo de automatización, mientras que otro 32% podría transformarse. Esto exige estrategias urgentes de capacitación y redistribución de la riqueza para evitar un aumento del desempleo y la desigualdad.

En los mercados financieros, el trading algorítmico domina, representando más del 80% de las transacciones en Wall Street en 2023, según la SEC. Estos algoritmos aumentan la liquidez y la eficiencia, pero también introducen riesgos sistémicos. El “Flash Crash” de 2010, cuando un algoritmo desató una caída del 9% en el Dow Jones en minutos, mostró su potencial para generar inestabilidad. Además, los algoritmos pueden amplificar burbujas especulativas, como en el mercado de criptomonedas, afectando a inversores y economías.

La concentración de poder económico es otra consecuencia. Empresas como Amazon y Google usan algoritmos para dominar mercados, desde el comercio electrónico hasta la publicidad. El algoritmo de precios dinámicos de Amazon ajusta precios en tiempo real, dificultando la competencia de pequeños comercios. Esto ha generado investigaciones antimonopolio en la UE y EE.UU. La economía gig, impulsada por plataformas como Uber, depende de algoritmos que precarizan el trabajo, dejando a los trabajadores sin beneficios ni estabilidad, lo que resalta la necesidad de regulaciones laborales.

Sin embargo, los algoritmos también crean oportunidades. Las fintech, como Robinhood, usan algoritmos para democratizar las inversiones, mientras que startups de IA innovan en salud y educación. Pero la brecha digital asegura que estas oportunidades no lleguen a todos, exacerbando desigualdades entre países y comunidades. El modelo publicitario que financia a los algoritmos, aunque lucrativo, prioriza los datos sobre la equidad, lo que podría definir un futuro donde el acceso a la tecnología sea un privilegio.

El futuro de los algoritmos: Oportunidades y desafíos

El futuro de los algoritmos, impulsado por avances como la IA generativa, promete transformar aún más nuestras vidas, pero los riesgos exigen una acción inmediata. En medicina, algoritmos están mejorando diagnósticos, como los sistemas que detectan cáncer con mayor precisión que los radiólogos. En educación, plataformas personalizadas adaptan el aprendizaje a cada estudiante, mejorando resultados. Estas innovaciones podrían democratizar el acceso a servicios esenciales, pero solo si se distribuyen equitativamente a través de divisiones socioeconómicas y geográficas.

Sin embargo, los riesgos son significativos. La proliferación de deepfakes, generados por algoritmos de IA, amenaza la confianza en los medios, con casos como videos falsos de figuras públicas circulando en X. Los sistemas de IA autónomos, si no están bien regulados, podrían escapar al control humano, especialmente en áreas como la ciberseguridad o el armamento. El caso de Cambridge Analytica mostró cómo los algoritmos pueden manipular democracias; en el futuro, estas tácticas podrían sofisticarse, afectando elecciones y movimientos sociales a escala global.

La regulación será clave. La Ley de IA de la UE, propuesta en 2024, establece un precedente al exigir transparencia y responsabilidad en el uso de algoritmos. Pero la regulación debe ser global y adaptable, ya que la tecnología evoluciona rápidamente. Los gobiernos también deben invertir en auditorías algorítmicas, especialmente en sectores como la justicia y la salud, para garantizar equidad y prevenir sesgos. Sin estas medidas, los algoritmos podrían amplificar desigualdades y erosionar la confianza social.

La educación digital es otra prioridad. Enseñar a los ciudadanos cómo funcionan los algoritmos —desde su dependencia de datos hasta su potencial de manipulación— puede empoderarlos para cuestionar su influencia. Iniciativas como los programas de alfabetización digital en Finlandia muestran que esto es posible. Además, fomentar la diversidad en el diseño de algoritmos, incluyendo a mujeres, minorías y voces de países en desarrollo, puede reducir sesgos y asegurar que la tecnología sirva a todos.

El modelo publicitario que financia a los algoritmos también debe evolucionar. Mientras las plataformas dependan de ingresos por publicidad, la recolección masiva de datos seguirá priorizando el lucro sobre la privacidad. Modelos alternativos, como suscripciones o financiación pública para tecnologías éticas, podrían equilibrar esta dinámica. Sin un cambio, el futuro podría estar dominado por un sistema donde los algoritmos, y las empresas detrás de ellos, dicten las reglas del juego.

Finalmente, la sociedad debe decidir cuánto poder delegar a los algoritmos. La dependencia actual ya ha reducido nuestra agencia; un futuro donde los algoritmos tomen decisiones críticas sin supervisión humana podría deshumanizar aún más nuestras interacciones. Equilibrar la innovación con la ética será el mayor desafío, pero también la mayor oportunidad para construir un mundo donde los algoritmos sirvan al bien común.

Conclusión

Los algoritmos, financiados por un modelo publicitario que prioriza datos sobre privacidad, han pasado de ser herramientas a fuerzas que controlan nuestra atención, decisiones y cultura. Fenómenos como la sensación de que “nos escuchan”, la payola digital y casos como Cambridge Analytica revelan su poder para moldear —y manipular— nuestras vidas. Ampliados por bots que dominan el tráfico de internet, los algoritmos plantean desafíos sociales y económicos urgentes, desde polarización hasta desigualdad. El futuro dependerá de nuestra capacidad para regularlos, educarnos y diseñarlos con equidad, asegurando que sirvan a la humanidad en lugar de dominarla.

Fuentes

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