Los Cuentos del Miedo: El fracaso

En Los Cuentos del Miedo, exploramos los temores que nos persiguen en silencio, esos que no necesitan monstruos ni sombras, sino que viven en nuestra mente y en el mundo que nos rodea. Tras mirar la soledad, ahora nos adentramos en el miedo al fracaso, esa voz interna que susurra que no somos suficientes, que no llegaremos, que todo nuestro esfuerzo será en vano. En una sociedad que mide el éxito en dinero, likes y títulos, el fracaso no es solo un tropiezo; es un peso que nos aplasta. Acompáñame a sentir esa presión, a caminar por el borde de lo que creemos que somos.

El despertador suena, pero no quiero abrir los ojos. La pantalla del celular brilla: correos, plazos, un recordatorio de la renta. Mi pecho se aprieta, como si alguien apretara un tornillo. Ayer presenté el proyecto, meses de noches sin dormir, de café frío y promesas a mí mismo. Pero la respuesta fue un correo seco: “No cumple con las expectativas”. ¿Expectativas de quién? Me levanto, me miro en el espejo. Mis ojeras son un mapa de todo lo que no logré. ¿Cuándo empezó esto? En la escuela, cuando mi examen volvió lleno de cruces rojas. En la universidad, cuando no conseguí la beca. En el trabajo, cuando otro se llevó el ascenso. Cada puerta cerrada es un eco: no eres suficiente, no lo vas a lograr.

Camino al trabajo, el metro está lleno. Todos parecen saber a dónde van, mientras yo solo sigo el movimiento. En mi cabeza, los números no mienten: deudas, facturas, el préstamo que no puedo pagar. Intenté emprender, creí que mi idea cambiaría todo. Pero los clientes no llegaron, el dinero se acabó, y ahora cargo la vergüenza como un saco de piedras. ¿Qué dirán mis amigos? ¿Mi familia? Siempre fui el que “iba a llegar lejos”. Ahora solo quiero esconderme. Abro mi laptop, otro correo: “Gracias, pero buscamos otro perfil”. Cierro los ojos, respiro hondo. ¿Y si nunca lo logro? ¿Y si esto es todo lo que soy? Un intento fallido, un nombre que nadie recordará.

(El miedo al fracaso es más que un tropiezo; es la ansiedad de no cumplir con las expectativas, propias o ajenas. Psicólogos como Carol Dweck explican que este temor crece en culturas que premian el éxito fijo sobre el esfuerzo, haciéndonos sentir que un error define nuestro valor. Afecta el cuerpo: insomnio, taquicardia, un nudo en el estómago. En un sistema donde el éxito se mide en riqueza y estatus, el fracaso se siente como un exilio. La economía moderna lo amplifica: en México, el 54% de los trabajadores están en la informalidad, según el INEGI, sin redes de seguridad. La meritocracia promete que “querer es poder”, pero ignora la desigualdad, los recursos limitados, las puertas cerradas para los que no nacieron en el lugar correcto. El fracaso duele más cuando el sistema está diseñado para que pocos ganen.)

Me siento en mi escritorio, miro la pila de papeles. Cada uno es una promesa que no cumplí, un plan que se deshizo. Intento escribir algo, cualquier cosa, pero mis manos tiemblan. ¿Para qué? Nadie lo leerá, nadie lo valorará. Pienso en mis compañeros, en sus casas nuevas, sus viajes, sus sonrisas en redes sociales. Ellos lo lograron. ¿Por qué yo no? Tal vez no soy tan listo, tan fuerte, tan capaz. Tal vez nunca lo fui. El reloj avanza, cada tic es un recordatorio: el tiempo se acaba, y yo sigo aquí, atorado. Cierro la laptop, miro por la ventana. La ciudad corre, pero yo estoy quieto, atrapado en este nudo que no sé desatar. Si sigo intentando, ¿cambiará algo? ¿O solo caeré más hondo?


Piensa en un momento en que sentiste que fallaste. ¿Fue un proyecto que no salió, una meta que no alcanzaste, o la mirada de alguien que esperaba más de ti? El fracaso no es el fin, aunque lo sientas así. Es una señal de que intentaste, pero el mundo no siempre recompensa el esfuerzo. Intenta esto: escribe un fracaso reciente y qué aprendiste de él, aunque sea pequeño. O habla con alguien que admires, pregunta si alguna vez falló. Pregúntate: ¿quién define mi éxito? ¿El sistema, los demás, o yo? El fracaso no te define; es solo un paso en un camino que aún no termina.

El fracaso es un espejo roto, pero no eres el reflejo. Cada intento, cada caída, es una marca de que sigues peleando. El mundo puede medirte por tus logros, pero tú vales por lo que intentas. Sigue caminando. Alguien, incluso tú mismo, verá tu fuerza.


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