Disclaimer: Este relato es una obra de ficción basada en eventos históricos y teorías sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio en 1994. Aunque utiliza nombres, contextos reales y la letra de «La Culebra» de Banda Machos, los detalles, diálogos y personajes son invenciones literarias. Las teorías presentadas no deben tomarse como hechos históricos verificados, sino como un ejercicio narrativo que explora las sombras de un caso no resuelto. La intención es provocar reflexión, no afirmar verdades.
Octubre 1993, 8:00 p.m. – Un callejón en la Zona Centro, Tijuana
Mario Aburto camina con las manos hundidas en los bolsillos, el frío de la noche tijuanense cortándole la piel como un filo. El aire apesta a gasolina, tacos de asada y basura quemada, mientras los neones parpadean, tiñendo la ciudad de rojo y azul. Es un obrero de 23 años, atrapado en una maquiladora donde los turnos interminables apenas pagan la renta y las medicinas de su hermana enferma. Un hombre lo intercepta bajo un farol titilante. Es alto, con un traje oscuro que desentona en la frontera, el rostro semioculto por un sombrero. Se presenta como «El Ingeniero», su acento citadino y gélido, sus ojos brillando como los de una culebra al acecho. Mario siente un escalofrío, y en su mente resuena un eco: Y yo grité, ay, la culebra.
El Ingeniero: (deslizando un fajo de billetes) Mario Aburto, ¿verdad? Sé de tus deudas, de tu hermana, del casero que te acorrala. Puedo cambiar tu vida.
Mario: (clavando los ojos en el dinero) ¿Qué quieren? Nadie da nada gratis.
El Ingeniero: (con una sonrisa que no calienta) Un favor. Uno que paga bien. Tu familia estará a salvo, y tú tendrás un boleto fuera de esta miseria. Pero debes ser discreto.
Mario siente el peso del dinero, más de lo que ha ganado en años. La imagen de su hermana, pálida en una cama improvisada, lo traiciona. Su corazón quiere gritar que no, pero la desesperación lo silencia. Acepta, aunque el nudo en su estómago sisea como una serpiente.
Noviembre 1993, 4:00 p.m. – Un rancho abandonado en las afueras de Tijuana
Una camioneta lo lleva con los ojos vendados a un terreno polvoriento, donde el sol quema y el viento arrastra olor a tierra seca. Al quitarle la venda, Mario ve a un hombre con un cronómetro y un revólver .38. Le entregan el arma, fría como un cadáver, pesada como una sentencia.
Hombre del cronómetro: (seco) Un disparo, un segundo. Si fallas, no sirves.
Mario entrena en secreto, aprendiendo a disparar en simulaciones de multitudes, a moverse como un espectro. Le muestran fotos de un hombre de mirada intensa: Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI. Le dicen que es un «peligro para México», una amenaza al orden. Mario no pregunta; el dinero llega, y su hermana tiene un médico.
Mario: (al Ingeniero, con voz rota) ¿Por qué yo? No soy nadie.
El Ingeniero: Por eso, Mario. Los hombres como tú no existen.
Marzo 6, 1994, 6:00 p.m. – Monumento a la Revolución, Ciudad de México
El primer intento ocurre en el Monumento a la Revolución. El aire huele a humo de garnachas, polvo de la plaza y sudor de la multitud que se agolpa bajo el arco de piedra. Miles gritan el nombre de Colosio, sus banderas tricolores ondeando como un mar enfurecido. En el templete, Colosio pronuncia un discurso que sacude al país: un «México con hambre y sed de justicia», un desafío al PRI. Ernesto Zedillo y Alfonso Durazo lo flanquean; Manlio Fabio Beltrones observa desde un lado, su rostro imperturbable. Mario está en la multitud, el revólver bajo su chamarra, el sudor corriéndole como un río. Su mente es un torbellino: la cara de su hermana, las promesas del Ingeniero, el miedo a fallar. La seguridad es un muro, y Colosio cambia su ruta al bajar, frustrando el plan. Mario retrocede, el arma sin usar, murmurando para sí: Y yo grité, ay, la culebra.
Esa noche, el teléfono suena. La voz del Ingeniero corta como hielo.
El Ingeniero: Fallaste, Mario. No habrá más errores. Lomas Taurinas, 23 de marzo. Prepárate.
Mario siente la trampa cerrarse. Le prometen un pasaporte, una nueva vida. Pero en sus sueños, una culebra sisea: cuidado con la culebra que muerde los pies.
Marzo 23, 1994, 5:00 p.m. – Lomas Taurinas, Tijuana
El sol se derrama sobre Lomas Taurinas, una colonia polvorienta donde el PRI ha convocado un mitin improvisado, orquestado por el ala dura del partido, según rumores entre periodistas. El aire huele a polvo y sudor, las bocinas retumban con «La Culebra» de Banda Machos: “Huye, José, ven pa’cá, que la culebra te va a morder.” La multitud corea, empujándose en un frenesí. En el templete, Colosio termina su discurso, flanqueado por Zedillo, Durazo y Beltrones. Diana Laura Riojas está en Sonora, ajena al peligro, su ausencia un peso silencioso en el aire.
A las 5:10 p.m., Colosio baja del templete, envuelto por simpatizantes. Mario está ahí, empujado por el caos, el revólver en su cintura. Su corazón late con la canción: “¡Huye, José, ven pa’cá!” Su mente se quiebra: la imagen de su hermana en el hospital choca contra el rostro de Colosio, un hombre que no conoce pero que debe morir. Un empujón lo coloca en el lugar exacto. Saca el arma, apunta a la cabeza y dispara. El estruendo se pierde en los gritos. Colosio cae, la sangre tiñe el polvo, roja como los neones de Tijuana.
Un segundo disparo resuena. Mario se paraliza; no fue él. Ve un destello: un hombre de chamarra negra, moviéndose como una sombra, perdiéndose en la multitud. The second shot, in the abdomen, ensures Colosio’s death. Mario intenta huir, pero la gente lo atrapa. La policía lo detiene, mientras «La Culebra» suena, un eco macabro: “¡Me quiere morder!”
Marzo 24, 1994, 1:00 a.m. – Una celda en Tijuana
Mario, magullado, es interrogado por Beltrones, “enviado presidencial”. Mario jura que solo disparó una vez, pero las preguntas son un martillo. Horas después, lo trasladan a la Ciudad de México en un avión de la PGR. Un hombre con una cicatriz en la mano, el “sexto pasajero”, sube al avión, su mirada esquiva. La investigación se cierra rápido: Mario Aburto, asesino solitario. Nadie menciona al hombre de la chamarra negra.
15 de noviembre de 2020, 3:00 a.m. – El hombre que ya no es Mario
En un pueblo del Chaco paraguayo, Juan Morales regenta una ferretería bajo un sol que quema como un castigo. El aire huele a madera cortada, tierra húmeda y mangos maduros; los ventiladores zumban, agitando el calor pegajoso. Juan vive una vida simple: café amargo en una taza agrietada, saludos tímidos a los vecinos, dominó los domingos en la plaza, donde las risas de los niños se mezclan con el aroma de tamales. Pero cada noche, la pesadilla lo despierta. “La Culebra” retumba: “¡Échale, échale, échale pa’lante, la culebra, la culebra, me quiere morder! Huye, José, ven pa’cá.” El rostro de Colosio, sangrando, lo mira. La culebra sisea, mordiéndole el alma.
Lo peor es su hermana. No sabe si vive; México está lejos, y las noticias no llegan. Le prometieron que el dinero la salvaría, pero teme que murió. “De nada sirvió”, murmura, las lágrimas quemándole los ojos. El sacrificio fue un engaño, un eco vacío.
Tras el caos en Tijuana, lo sacaron en un helicóptero sin marcas a un aeródromo en Sinaloa, el polvo arremolinándose bajo la luna. El Ingeniero cumplió: pasaporte, dinero, un boleto a Sudamérica. “Si hablas, tu familia paga”, le advirtieron. En el avión, vio a un hombre esposado, un doble drogado, rumbo a una celda que no le pertenecía. Alguien más paga su culpa. Bajo las estrellas del Chaco, Juan cierra los ojos, pero “La Culebra” sisea, recordándole que nunca escapará.
Epílogo: La sombra del Cuervo – 15 de noviembre de 2020, 11:00 p.m.
En un cuartucho de Ensenada, un hombre apodado «El Cuervo» yace en una cama improvisada, su respiración un silbido roto por el COVID-19 que le carcome los pulmones. La habitación huele a desinfectante y sudor rancio; una lámpara parpadea, iluminando un revólver sobre la mesa, el mismo que disparó el segundo tiro en Lomas Taurinas. En 1994, su misión era vigilar a Mario, asegurarse de que cumpliera y, después, ejecutarlo. Pero cuando vio a Colosio aún moverse, supo que debía actuar. El segundo disparo fue suyo, un trabajo limpio para silenciar al candidato. Ahora, tosiendo sangre, El Cuervo mira el arma, su único testigo. Los que lo contrataron están a salvo. Él, en cambio, muere solo, la culebra finalmente mordiéndole los pies.
Fuentes
- Informe de la PGR sobre el caso Colosio: Archivo General de la Nación (contexto histórico, acceso restringido).
- Reporte de la FGR (2024) sobre el segundo tirador: Proceso.
- Análisis forense y balístico: El Universal.
- Testimonios y “sexto pasajero”: Milenio.
- Letra de «La Culebra» de Banda Machos: Letras.com.
- Contexto político de 1994: “México 1994: Anatomía de un crimen político” de José Antonio Crespo.

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