En Los Cuentos del Miedo, nos sumergimos en los temores que nos habitan, esos que no necesitan fantasmas ni ruidos en la noche, sino que crecen en la mente y en el mundo que nos rodea. Tras explorar la soledad y el fracaso, ahora enfrentamos el miedo a la locura, esa sombra que susurra: ¿y si mi mente ya no es mía? En un mundo que nos bombardea con ruido, presión y caos, la línea entre la cordura y el abismo se siente frágil. Acompáñame a caminar por ese borde, donde los pensamientos se quiebran y el suelo tiembla.
Las paredes murmuran. ¿O soy yo? Camino rápido, la ciudad respira a mi alrededor, pero algo está mal. Los autos pasan, sus faros destellan, y juro que uno de ellos me miró. No, no, eso no tiene sentido. Sacudo la cabeza, pero el zumbido no se va. Es un eco, un susurro que no entiendo. ¿Dijo mi nombre? Me detengo, miro atrás. Nadie. Solo la calle, los rostros borrosos, el ruido. Mi corazón late fuerte, como un tambor que no controlo. En la oficina, las voces de mis compañeros se mezclan, se retuercen. “Entrega el informe”, dicen, pero suena como un grito, como un desafío. ¿Me están probando? Intento escribir, pero las palabras se deslizan, se rompen. La pantalla parpadea, o tal vez son mis ojos. ¿Cuánto dormí anoche? ¿Tres horas? ¿Dos? No lo sé. Todo se siente como un sueño, pero no despierto.
En casa, el silencio es peor. El reloj marca tic-tac, tic-tac, como un código que no descifro. Me miro en el espejo, pero mi rostro… ¿es mío? Los ojos son míos, pero hay algo detrás, algo que no reconozco. Cierro la puerta, pero el ruido sigue. Pasos. ¿En el pasillo? ¿En mi cabeza? Intento leer, pero las letras bailan, se burlan. “Estás bien”, me digo, pero mi voz suena extraña, como si alguien más hablara. ¿Quién está aquí? ¿Soy yo? La ciudad grita afuera, pero dentro de mí hay un eco más fuerte. Si me dejo ir, ¿qué quedará? Un pensamiento se clava: tal vez ya estoy perdido, tal vez siempre lo estuve.
(El miedo a la locura es el temor a perder el control de la propia mente, a no distinguir la realidad del caos. Psicólogos como Daniel Freeman señalan que la paranoia y la ansiedad extrema pueden surgir del estrés crónico, afectando la percepción y alimentando dudas sobre la cordura. El cuerpo responde: insomnio, taquicardia, una mente que corre sin parar. En el mundo moderno, este miedo crece con la sobrecarga de información, las redes sociales que distorsionan la realidad y la presión laboral constante. En México, el 75% de los trabajadores reportan estrés laboral, según la OCDE, y la falta de acceso a salud mental agrava la situación. La precariedad económica y la incertidumbre social empujan la mente al límite, especialmente para los más vulnerables: los jóvenes, los informales, los olvidados por el sistema.)
Me siento en el suelo, las manos en la cabeza. Si respiro hondo, tal vez el ruido pare. Uno, dos, tres. No funciona. El teléfono vibra, un mensaje: “¿Estás bien?”. Lo miro, pero no respondo. ¿Cómo explico esto? ¿Cómo digo que las paredes hablan, que mi mente es un laberinto? Intento recordar quién era antes: el que reía, el que planeaba, el que no dudaba de sí mismo. Pero ese yo se desvanece, como humo. Afuera, la ciudad sigue, pero yo estoy atrapado aquí, en este torbellino de pensamientos que no controlo. Si grito, ¿me oirán? Si callo, ¿desapareceré? Cierro los ojos, y el mundo se tambalea. ¿Estoy aquí? ¿O ya me perdí?
Piensa en un momento en que dudaste de tu mente: un pensamiento que no explicabas, una noche en que todo parecía irreal. El miedo a la locura no es una sentencia; es una señal de una mente bajo presión. Intenta esto: escribe lo que te preocupa, aunque parezca confuso, y guárdalo. O habla con alguien de confianza, comparte una duda, por pequeña que sea. Pregúntate: ¿qué me está empujando al límite? ¿El trabajo, las noticias, el miedo a no ser suficiente? La cordura no es un destino fijo; es un camino que se cuida. No estás solo en este borde.
La locura es un espejo que distorsiona, pero no eres el reflejo. Cada respiro, cada pausa, es un paso hacia la calma. El mundo puede ser un torbellino, pero tú puedes encontrar tu centro. Sigue buscando. Alguien, incluso tú mismo, te está esperando.

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