En los 90, siendo un adolescente rebelde en la prepa, el EZLN era un estandarte de resistencia que vibraba en los conciertos, entre playeras con pasamontañas y gritos de “¡Viva el EZLN!” resonando con chelas y guitarrazos. Como muchos jóvenes, me seducía ser antisistema, apoyando a esos indígenas de Chiapas que desafiaban al poder. Pero una charla con un médico ortopedista que visitó sus comunidades me abrió los ojos: por las mañanas, lo saludaban funcionarios del gobierno; por las tardes, esas mismas manos, ahora como líderes zapatistas, le daban la bienvenida. Esa dualidad —rebeldes de noche, ciudadanos de día— mostraba la complejidad de un movimiento que, en 1994, remeció México. ¿Qué los llevó a alzarse? ¿Fue su lucha un triunfo o un espejismo romántico? ¿Por qué los jóvenes de hoy no se enganchan con su mensaje? Acompáñanos a la selva Lacandona para desentrañar esta historia.
La estrategia zapatista: Un relámpago con luces y sombras
El 1 de enero de 1994, mientras México celebraba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) irrumpió en escena. Con unos 2,000 combatientes —en su mayoría indígenas tzeltales, tzotziles, choles y tojolabales armados con rifles, machetes y armas improvisadas— tomaron siete municipios de Chiapas, como San Cristóbal de las Casas. No buscaban tomar el poder, sino visibilizar la marginación indígena y criticar el TLCAN, que veían como una amenaza para las comunidades rurales. Atacaron rápido, liberaron presos, proclamaron su Primera Declaración de la Selva Lacandona exigiendo tierra, trabajo, salud y justicia, y se replegaron a la selva Lacandona.
La estrategia brilló en los medios globales, pero tuvo grietas. Logró atención mundial, pero su breve ofensiva dejó poco control territorial y expuso a comunidades a represalias. Algunos analistas dicen que su visión romántica de la guerrilla subestimó los riesgos de enfrentar a un ejército superior, y su repliegue limitó su poder de negociación inicial. La figura de Subcomandante Marcos, un no-indígena, capturó los reflectores, pero algunos criticaron que centralizara la narrativa, opacando voces indígenas.
La respuesta del ejército: Represión y errores compartidos
El gobierno de Carlos Salinas de Gortari respondió con puño de hierro: entre 12,000 y 15,000 soldados, con tanques y helicópteros, llegaron a Chiapas. Los choques, especialmente en Ocosingo, dejaron entre 145 y 400 muertos, incluyendo civiles. Amnistía Internacional denunció torturas y ejecuciones extrajudiciales por parte del ejército, empañando la respuesta estatal.
Pero el EZLN no estaba libre de críticas. Tomar armas puso en riesgo a comunidades civiles, que enfrentaron la furia militar sin preparación. En zonas urbanas de Chiapas, algunos indígenas y mestizos vieron el levantamiento como una disrupción que dañó la economía local y polarizó la región, cuestionando si la lucha zapatista representaba a todos los chiapanecos.
Cese al fuego: Doce días que abrieron una brecha
El 12 de enero de 1994, tras doce días de combate, el obispo Samuel Ruiz, conocido como “Tatic”, medió un alto al fuego. La presión internacional, impulsada por la cobertura mediática y movimientos sociales, obligó al gobierno a frenar su ofensiva. El EZLN se retiró a la selva, iniciando una resistencia civil.
Este cese reveló una debilidad: el EZLN no tenía un plan militar claro a largo plazo. Su repliegue fue estratégico, pero también una admisión de que la vía armada era insostenible. La dualidad que observó el médico —funcionarios de día, zapatistas de noche— refleja cómo las comunidades navegaban entre la rebelión y la vida cotidiana, pero también plantea dudas sobre la coherencia de un movimiento que operaba en los márgenes de la legalidad.
Los Acuerdos de San Andrés: Una esperanza frustrada
Las negociaciones post-1994 culminaron en los Acuerdos de San Andrés el 16 de febrero de 1996, mediados por Samuel Ruiz y la CONAI. Estos acuerdos prometían transformar los derechos indígenas en México.
¿Qué fueron los Acuerdos de San Andrés?
Incluyeron:
- Autonomía: Derecho de las comunidades indígenas a autogobernarse, controlando territorios, recursos y justicia.
- Derechos culturales: Uso de lenguas indígenas en educación y medios.
- Participación política: Representación indígena en gobiernos.
- Reforma agraria: Protección de tierras comunales.
Eran un faro de esperanza para las comunidades y una validación para el EZLN. Pero su incumplimiento marcó un punto de inflexión.
¿Por qué no se cumplieron?
El gobierno traicionó los acuerdos:
- Reformas diluidas: En 2001, el Congreso aprobó una “Ley Indígena” que eliminó la autonomía y las reformas agrarias, decepcionando al EZLN.
- Intereses económicos: Terratenientes y empresas bloquearon cambios que afectaran sus recursos en Chiapas.
- Falta de voluntad: Gobiernos sucesivos priorizaron la estabilidad sobre los derechos indígenas.
- Estrategia zapatista: La negativa del EZLN a participar en la política electoral limitó su capacidad de presionar por las reformas, atrapándolos en una confrontación sin aliados institucionales.
El incumplimiento llevó al EZLN a construir autonomía fuera del Estado, pero esta autonomía es criticada por su alcance limitado, beneficiando solo a ciertas comunidades y enfrentando retos como la pobreza y la migración.
¿Quién está detrás del EZLN?
El EZLN nació en 1983, con raíces en las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), un grupo guerrillero marxista de los 60. Su base son las comunidades indígenas de Chiapas, pero el liderazgo inicial de Subcomandante Marcos, un no-indígena, fue cuestionado por opacar voces indígenas. Hoy, el Subcomandante Moisés, indígena tzeltal, lidera junto al Comité Clandestino Revolucionario Indígena (CCRI). La Comandanta Ramona, fallecida en 2006, fue un símbolo de la lucha de las mujeres indígenas.
Críticos han señalado supuestos lazos con Cuba o el sandinismo, pero sin pruebas sólidas. La dualidad observada por el médico —funcionarios y zapatistas en las mismas personas— ha generado debate: ¿es pragmatismo o una contradicción en su discurso antisistema? Su rechazo a la política electoral también los ha aislado de coaliciones más amplias.
¿Por qué no jala el neozapatismo con los jóvenes de hoy?
En los 90, el EZLN era un imán para jóvenes como yo, que veíamos en sus pasamontañas un símbolo de rebeldía. Pero en 2025, el neozapatismo —la evolución del movimiento en su forma actual— apenas resuena con la Generación Z y los millennials más jóvenes. ¿Por qué esta desconexión?
- Brecha tecnológica: Los jóvenes de hoy viven en TikTok, Instagram y plataformas digitales, donde las luchas se viralizan con hashtags, no con comunicados desde la selva. El EZLN, aunque pionero en usar internet en los 90, no ha adaptado su mensaje a las redes sociales actuales, que priorizan lo visual y lo inmediato.
- Prioridades urbanas: La mayoría de los jóvenes mexicanos viven en ciudades, enfrentando problemas como el desempleo, la inseguridad o el acceso a la educación superior. La lucha rural del EZLN, centrada en la autonomía indígena, puede parecer lejana a quienes lidian con el caos citadino.
- Narrativa del pasado: Para muchos, el EZLN es un eco de los 90, ligado a la imagen de Marcos y los pasamontañas, pero sin una conexión clara con las luchas actuales como el feminismo o el cambio climático. Su retórica anticapitalista, aunque potente, compite con movimientos más visibles como las marchas del 8M o Fridays for Future.
- Falta de renovación: El EZLN no ha logrado transmitir su mensaje a nuevas generaciones con líderes juveniles o campañas que resuenen con la cultura pop. En contraste, movimientos como el de Ayotzinapa han captado más atención por su urgencia y cercanía temporal.
- Desconfianza en utopías: Los jóvenes de hoy, curtidos por crisis económicas y políticas, son escépticos ante propuestas utópicas. La autonomía zapatista, aunque admirable, puede verse como un experimento local que no ofrece soluciones escalables para un país complejo.
Esta desconexión no significa que el EZLN sea irrelevante, pero sí que su mensaje necesita un puente para llegar a una generación que lucha de manera distinta, más conectada y menos romántica.
Relevancia en 2025: ¿Símbolo o reliquia?
En 2025, el EZLN sigue activo, pero su influencia es cuestionada. La migración y la violencia narco han debilitado sus bases, y en 2023 reestructuraron sus municipios autónomos en Gobiernos Autónomos Locales (GAL) por la inseguridad. Organizan eventos como los Encuentros de Rebeldías 2024-2025 y critican el Tren Maya, pero su impacto es más simbólico que transformador.
No combaten directamente al crimen organizado, lo que algunos ven como una debilidad frente a la violencia que azota Chiapas. Sus denuncias de complicidad gubernamental con cárteles son contundentes, pero carecen de propuestas concretas. Para algunos, su resistencia civil inspira; para otros, es un anacronismo en un México donde los problemas han mutado.
Logros y límites: Un balance agridulce
El EZLN logró:
- Autonomía localizada: Sus caracoles ofrecen educación y salud, pero solo en unas pocas comunidades, limitados por recursos y violencia.
- Visibilización indígena: Pusieron los derechos indígenas en la agenda global, aunque las reformas estructurales no llegaron.
- Impacto cultural: Inspiraron movimientos y arte, pero su narrativa romántica a veces opaca los retos prácticos.
Sus límites son claros: la autonomía no ha erradicado la pobreza, la migración ha mermado sus bases, y su aislamiento político los ha marginado. Su incapacidad para enfrentar al crimen organizado plantea dudas sobre su relevancia en un Chiapas dominado por cárteles.
El legado zapatista: ¿Revolución o romanticismo?
Doce días en 1994 cambiaron México, pero el legado del EZLN es tan inspirador como controvertido. Los Acuerdos de San Andrés, traicionados por el gobierno, son un recordatorio de lo que pudo ser. Su autonomía desafía al Estado, pero no resuelve la marginación estructural. En un México fracturado por el narco y los megaproyectos, el grito de “¡Ya basta!” resuena, pero no siempre con soluciones claras. Como dijo el Subcomandante Galeano, “el zapatismo no es una moda; es una forma de vida”. Pero, ¿es una forma de vida que conecta con el México de hoy? Treinta y un años después, los zapatistas son un símbolo de resistencia, pero también un recordatorio de los límites de la rebeldía sin poder.
Fuentes:

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