Política Ficción: El Pecado del Agua

Disclaimer: Este relato forma parte de la serie de Política Ficción de Chidonomics. Está inspirado en hechos reales reportados en medios, pero los diálogos, interacciones y ciertos detalles son completamente ficticios, creados con fines narrativos y satíricos. No se pretende afirmar que los eventos ocurrieron exactamente como se describen. Para información factual, consulte fuentes confiables.


Xalapa, Veracruz. Junio de 2011. Oficina del Gobernador.

El aire acondicionado zumbaba en la oficina de Javier Duarte, pero no lograba disipar el calor pegajoso que se colaba por las rendijas de las ventanas. Frente a él, un hombre de traje barato, con el cabello peinado hacia atrás con exceso de gel, tamborileaba los dedos sobre una carpeta marrón. Era Antonio Nemi, el entonces secretario de Salud, visiblemente nervioso.

“Gobernador, esto… esto es delicado,” dijo Nemi, empujando la carpeta hacia Duarte. “Los reportes del Centro Estatal de Cancerología. Hay un problema con los medicamentos.”

Duarte, reclinado en su silla de cuero, apenas levantó la mirada de su Blackberry. Sus dedos seguían tecleando un mensaje, probablemente algo sobre una nueva propiedad en Miami.

“¿Qué tan delicado, Toño?” preguntó sin interés, ajustándose los lentes.

Nemi tragó saliva. “Los fármacos para las quimioterapias de los niños… no son fármacos. Son agua destilada. Alguien en la cadena de suministro los cambió. Roche ya confirmó que el Avastin que compramos no es suyo. Es falso.”

El gobernador dejó el teléfono sobre el escritorio y, por primera vez, miró a Nemi directamente. Sus ojos, detrás de los cristales, tenían un brillo frío, calculador.

“¿Y quién sabe de esto?” preguntó, su voz baja pero afilada como un bisturí.

“Solo el equipo del laboratorio y yo. Por ahora. Pero, señor, esto es grave. Estamos hablando de niños con cáncer. Si se filtra…”

Duarte lo interrumpió con un gesto de la mano. Se puso de pie y caminó hacia la ventana, mirando el tráfico de Xalapa, esa ciudad que parecía siempre al borde del colapso.

“No se va a filtrar, Toño. Tú te encargas de que no se filtre.” Hizo una pausa, girándose lentamente. “Y esa empresa que nos vendió el ‘medicamento’… ¿cómo se llama?”

“Especialidades Médicas del Sureste,” respondió Nemi, casi en un susurro.

Duarte sonrió, una sonrisa que no alcanzó sus ojos. “Jorge Carvallo. Claro. Ese diputado siempre tan… útil. Hablaré con él. Mientras tanto, sigue comprando a la misma empresa. No queremos levantar sospechas, ¿verdad?”

Nemi palideció. “Pero, gobernador, ¿y los niños? Si seguimos usando agua…”

Duarte lo cortó, acercándose hasta quedar a centímetros de su cara. “Los niños son una tragedia, Toño. Pero Veracruz es un negocio. Y los negocios no se detienen por tragedias. ¿Entendiste?”

Dos años después. Una bodega en las afueras de Xalapa.

El olor a humedad y cartón podrido llenaba el aire. Cajas apiladas hasta el techo contenían frascos de medicamentos caducos, algunos con etiquetas despegadas, otros con fechas de expiración de 2010. En el centro de la bodega, un hombre con una libreta tomaba notas. Era un auditor enviado por la Auditoría Superior de la Federación, un tipo que aún creía en la justicia.

“¿Y esto?” preguntó, señalando una caja marcada como “Avastin – Quimioterapia”.

El empleado de la Secretaría de Salud, un joven con cara de no haber dormido en días, se encogió de hombros. “Eso lleva aquí años. Nadie lo toca. Creo que es de cuando Duarte era gobernador.”

El auditor abrió la caja y sacó un frasco. Lo examinó bajo la luz tenue de una lámpara. El líquido dentro era claro, inerte. Sacudió la cabeza, anotando algo en su libreta.

“Esto no es medicamento. Esto es agua.” Miró al empleado. “¿Sabes cuántos niños pudieron haber muerto por esto?”

El joven apartó la mirada. “Yo solo sigo órdenes, señor.”

Enero de 2017. Sala de prensa del Palacio de Gobierno.

Miguel Ángel Yunes, el nuevo gobernador, estaba frente a un mar de micrófonos. Su rostro, curtido por años de politiqueo, mostraba una mezcla de indignación y oportunismo. Sabía que esta bomba mediática podía sepultar la reputación de Duarte para siempre.

“Hemos encontrado pruebas irrefutables,” declaró, sosteniendo un informe. “Durante la administración de Javier Duarte, se suministró agua destilada en lugar de quimioterapia a niños con cáncer. Es un pecado brutal, un atentado contra la vida.”

Los reporteros estallaron en preguntas. “¿Cuántos niños?”, “¿Quiénes son los responsables?”, “¿Dónde está Duarte?”. Yunes alzó las manos, pidiendo calma.

“Las denuncias se presentarán. Los culpables pagarán. Pero hoy, Veracruz llora por sus hijos.”

En un rincón de la sala, una mujer de rostro demacrado apretaba un pañuelo. Era la madre de uno de los niños tratados en el Centro de Cancerología. Había perdido a su hijo en 2012. Escuchaba a Yunes, pero sus ojos estaban vacíos. Para ella, las palabras del gobernador llegaban cinco años tarde.

Agosto de 2022. Una celda en el Reclusorio Norte.

Javier Duarte, ahora más delgado, con el cabello encanecido, revisaba su cuenta de Twitter desde un celular prestado. Tecleó con furia, redactando un hilo que sabía que causaría revuelo.

“Para todos aquellos que continúan creyendo el estúpido chisme de que durante mi gobierno se les daba agua en lugar de medicamentos a los niños con cáncer, les digo que esto es una asquerosa mentira,” escribió.

Apagó el celular y se recostó en la litera. Cerró los ojos, pero el silencio de la celda no era suficiente para acallar las voces que lo perseguían: las de los niños, las de las madres, las de un estado que aún sangraba por sus pecados.

Epílogo

En Veracruz, las heridas de aquellos años no han sanado. Las denuncias de Yunes nunca llevaron a castigos contundentes. Las empresas fantasmas siguieron operando, los políticos implicados cambiaron de partido, y las familias afectadas nunca recibieron justicia plena.

Pero en las calles de Xalapa, aún se susurra una verdad que no necesita pruebas: el agua que corrió por las venas de aquellos niños no fue un error. Fue un negocio. Y en Veracruz, los negocios siempre han pesado más que las vidas.

Fuentes

Nota del Autor

Este relato está inspirado en las acusaciones hechas por Miguel Ángel Yunes en 2017, quien afirmó que durante el gobierno de Javier Duarte (2010-2016) se administró agua destilada en lugar de quimioterapia a niños con cáncer en Veracruz. Duarte negó estas acusaciones en 2022, calificándolas de “fake news”. La verdad, como suele pasar en México, sigue atrapada entre la política y el olvido.


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